La política cultural en los próximos años

Dicho así, en general, hay tres grandes tipos de política cultural. La primera es de carácter paliativo, la segunda conflictual. La primera sostiene que hay que promover aquellas prácticas culturales que favorecen una cierta idea del arte entendida como sutura de las fracturas que la vida moderna provoca. El arte, desde esta perspectiva, propone una catarsis, ofrece una salida estética y sensible ante los sinsabores de una mecánica social cruda a la que es difícil adaptarse. Gracias a la cultura, podremos encontrar vías de escape, esperanzas de sosiego, de recomposición, terrenos en los que lamernos las heridas o cargar las pilas para seguir tirando adelante. Los pintores, los músicos, los escritores, etc., otorgarían esa capacidad holística con la que coser los fragmentos: el arte como paliativo de la zozobra.

La segunda categoría, la conflictual, se configura alrededor de una noción de la cultura definida por la posibilidad de desvelar las tramas de lo cotidiano. La cultura, desde esta óptica, estaría representada por aquellas prácticas que son capaces de crear conflicto, de proponer mecanismos de deconstrucción, rendijas por las que poner el solfa los argumentos y algunas lógicas del sistema. Se trataría de una concepción cultural no tan interesada en las tramas de lo sensible como en proporcionar herramientas para comprender cómo y por qué el sistema funciona alejado de la sensibilidad, aunque la proponga como medio de captación.

El tercer tipo de política cultural no podría definirse con tanta claridad, puesto que toma de aquí y de allá (y también presta) lo que le interesa en cada momento y en función de intereses coyunturales de muy corto plazo. Es lo que llamamos la política espectáculo, pero prescindamos un momento de ella, porque se trata de una orientación sin una predeterminación política.

A menudo se asignan las dos primeras escuelas a tradiciones ideológicas. La política cultural “integradora” habría estado más vinculada a los nacionalismos y a los paternalismos estatalistas (de izquierda y derecha). La nación se construyó con apelaciones a esencias que casan bien con un arte que busca ofrecer espacios confortables y poco contaminados. Por su parte, la política cultural conflictual habría corrido paralela a espíritus más revolucionarios: el arte al servicio de la transformación, del discurso de la crisis, que, o es social o no es.

La pregunta que nos deberíamos hacer es la siguiente: con todo lo que está cayendo, ¿qué podemos esperar del futuro más inmediato? ¿qué políticas culturales vamos a tener? Cuando los políticos desmantelan sin contemplaciones los propios argumentos con los que se llenaron la boca todos estos años, aludiendo a inversión en i+d cultural, a fábrica de ideas, a consejos reguladores, debemos preguntarnos de qué hablan. ¿Vamos a seguir con una política cultural que abona únicamente una práctica artística paliativa o, por el contrario, se va a incidir más en un arte que indague en el por qué necesitamos paliativos?

Ambas perspectivas son necesarias, porque ambas interrumpen la realidad. La belleza de las formas y de los conceptos es un camino vivo que siempre será perseguido. Pero la capacidad para abrir brechas en la supuesta lógica de las cosas también. Señores candidatos: ¿qué quieren ustedes hacer? Si se dejan llevar por la tercera vía, la del espectáculo, todos sabemos que acabaremos eventualmente en la primera: de eso nos les quepa la más mínima duda.

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4 respuestas a La política cultural en los próximos años

  1. Pingback: La política cultural en los próximos años. « Di no a la noche en blanco

  2. aitor dijo:

    Sería interesante poner en relación el mercado con los dos tipos de producción simbólica. El tipo paliativo alimenta directamente la industria cultural y, por tanto, es afín a los intereses institucionales (en tanto las instituciones se nutren económicamente de la actividad en tal industria).

    No hay que descartar tampoco una relación entre el tipo conflictual y cierto segmento del mercado que desea bendecirse con su componente social. Así, esta relación opera más en el terreno de lo simbólico: el carácter social de la producción conflictual es adquirido (comprado, sin más) por este mercado de lo social provocando un efecto redentor y legitimador a lo largo de todo el elenco de actores implicados (instituciones, público, coleccionistas, etc…).

    Las dos opciones, por tanto, están al servicio de la misma cosa y la pregunta ahora sería ¿Existe un política cultural que pueda permanecer libre de crítica?

    • soymenos dijo:

      Hola Aitor, cuando hablaba de política conflictual, no me refería, desde luego, a ningún tipo de asistencialismo antropológico para decirles a los “indios” que deben presentar batalla. Muchos ya la presentan solitos, sin que necesiten invitación para ello. Me refería a que las instituciones políticas deben comprender que hay prácticas culturales que se configuran mediante un cuestionamiento de las situaciones tanto del pasado como del presente, y que, en buena parte, son el motor de hallazgos y de dinámicas muy poderosas. El probema es que esas prácticas son ninguneadas por ser consideradas “focos” de violencia y malestar, cuando el malestar no és más que el resultado de las situaciones en las que nacen esas prácticas.

      Claro que no existe una política cultural libre de críticas. Sólo faltaría. Lo que necesitamos es una política cultural que asuma la potencialidad crítica, pero no para cooptarla y devolverla como un boomerang de desactivación, sino para SIMPLEMENTE reconocer su existencia y su capacidad constructiva.

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