Leyendo a Stendhal

Leyendo al casi insoportable Stendhal –Paseos por Roma, 1829- me encuentro con su entrada del 20 de junio:

“El buen tono moderno […] prohíbe los gestos. Un juez comunica a M. de Lav… su sentencia de muerte. M de Lav… es un hombre correcto precisamente porque su vecino, si es completamente sordo, no puede darse cuenta, mirándole, si acaba de ser condenado a muerte o absuelto. Esta ausencia de gestos a la que llegarán, tarde o temprano, todas las naciones, ¿no acabará forzosamente con la escultura?”

Es sugerente la pregunta que se hace. Plantea lo que mucho más tarde analizará el ya clásico estudio de Richard Sennett (El declive del hombre público) sobre la personalidad pública del siglo XIX: que los ciudadanos de la ciudad burguesa adoptan la máscara neutra y el silencio como forma de interacción social y protección:

“En las capitales del siglo XIX, la forma escénica adecuada era el monólogo. Rousseau aspiraba a una vida social en la que las máscaras se transformasen en rostros y las apariencias en signos de carácter. En cierto sentido, sus deseos se realizaron, las máscaras se transformaron efectivamente en rostros en el siglo XIX pero la consecuencia fue el desgaste de la interacción social”.

[Ante la preocupación por experimentar las emociones adecuadas en el teatro o en la sala de conciertos] se trataba de “no demostrar ninguna reacción, esconder los sentimientos, de manera que uno sea invulnerable, inmune a la posibilidad de pasar por torpe.”

[En una sociedad hacia su intimidad] “el actor público es el hombre que presenta las emociones”.

“En esta sociedad (siglo XIX) en camino de volverse íntima, donde el carácter se expresaba más allá del control de la voluntad, lo privado estaba sobreimpuesto a lo público, la paralización del sentimiento era la defensa para evitar ser descubierto por los demás, la conducta personal en público se alteró en sus términos fundamentales. El silencio en público pasó a ser el único camino por el que uno podía experimentar la vida pública, especialmente la vida de la calle, sin sentirse abrumado.”

“El espacio público muerto es una razón, la más concreta, para que las gentes busquen en el terreno íntimo lo que se les ha negado en un plano ajeno. El aislamiento en medio de la visibilidad pública y la enfatización de las transacciones psicológicas se complementan mutuamente.”

En todo caso, tantos el comentario de Sennett como el de Stendhal en su día, también nos hacen ver hasta qué punto no son aplicables en la actualidad, cuando la máscara de la neutralidad ha sido sustituida por la hiperexpresividad de la máscara como forma de expresión social y de protección.

Paralelamente, la pregunta de Stendhal es también interesante desde un perspectiva artística, cuando la expresividad en la escultura será sustituida por la supuesta objetividad de la fotografía y, por supuesto, por el teatro.

Esto no quita que Stendhal siga siendo un pesado con un pésimo gusto artístico, desde luego.

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Una respuesta a Leyendo a Stendhal

  1. Alex dijo:

    Con «Rojo y negro» acabo de perder la mitad de mi juventud. No importa la ostensible afinidad que puedas compartir con Sorel, al final la sensación es que la aventura se hace demasiado larga. Pesado como el plomo, hay que digerir de manera constante un imperturbable río dividido en tres corrientes: ideas exteriorizadas, ideas interiorizadas, y los ambiguos análisis “ajenos” de Stendhal. La descripción brilla por su ausencia. Stendhal demuestra una gran inteligencia y una capacidad ingente de determinarlo todo de manera escrupulosa y sin fisuras; ahora bien, es, creo yo, mejor psicólogo que escritor. Da por hecho, de manera un tanto inconveniente, que los lectores posteriores estarán al tanto del estado político francés de principios del XIX.
    Gran libro compuesto por un 90% de razones y un 10% de sensaciones. Una vez pasada la sorpresa por su agudeza y estilo particular te hallas con tus manos sosteniendo la definición de plúmbeo.
    Agradezco esta entrada que he leído con gran interés. Saludos.

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