Paco en Roma

Paco llega a Roma y la primera noche no folla porque su mujer está cansada. Se enfada mucho. Más adelante la mujer es la que quiere, pero él ya no.

Mientras camina por la ciudad, a la mañana siguiente, y frente a un helado de pistacho le oye decir al dependiente de la heladería: “Durante años he caminado sobre superficies heladas, pero ya se han roto varias y, bueno, bajo el hielo no es fácil encontrar el aire”. –No te enojes tanto, coño, haberlo pedido de estracheta-, dice Laura ante los gruñidos de Paco.

Una tarde se sientan en los bancos de un templo, que según la guía es el novamás de la arquitectura. La postura de la cabeza apoyada dislocada sobre el banco hacia atrás, el mentón salido, la sensación tensa de los músculos de cuello, la boca seca y abierta de par en par que te pone cara de atontado, todo ello le inspiró la imagen de un collarín, de esos que utilizan en los hospitales.

Y dice: -Se suponía que me tenía que gustar, que me quedaría embelesado con ángeles tan enormes y con mármoles tan jaspeados, pero esto no es más que un robo-. Su voz era casi inaudible. Aún así, un señor que estaba de pie detrás, seseó pidiendo silencio. -Se supone que he venido a bucear en los sentidos, en el arte, en las emociones de la historia. Y aquí estoy, en el Vaticano, y sólo veo el expolio incesante de miles de campesinos y obreros, del colosal recaudo de diezmos, impuestos y bienes de millones de personas durante millones de siglos. Pues no, no me parece tan bonito-.

Se dejó llevar por el trajín de las pupilas, balanceando de una lado para otro. Dolían. Seguía una línea, se atracaba con un detalle, extraía conclusiones definitivas sobre la historia del arte.

-Bueno, quiero decir, sí, es fenomenal. Por ejemplo, los camafeos-, se dice Paco en voz alta… mientras hace muecas involuntarias de introspección para ver de dónde diablos le ha salido ese comentario: -A mi suegra le gustan los camafeos. Eso debe ser… y las medallas, los palios, la cátedras llenas de abejas, símbolo de la casa Barberini –qué libro áquel en el que lo leí- que diera papas, cardenales y demás, y sí, por supuesto, es bonita la metáfora de la constancia y la perfección de las abejitas, pero también se me ocurre pensar que todos ellos, los papas y demás, no eran más que una pandilla de abejorros a ojos de la gente corriente, aproxidamente el 95% del personal de aquellas épocas.

Laura ha aparecido sentada junto a Paco. -¿De aquellas épocas? ¿Hablas solo? Es el calor. Hoy he leido en un periódico de esos gratuitos que dan por la calle que los psiquiatras se ponen las botas en Roma cuando hace tanto calor. No me extraña; deben encontrarse con miles de personas que, en un momento, sin saber cómo, dejan de entenderlo todo. Ya no les gusta nada, ni esas abejas de piedra, se pelean a la mínima ocasión o gritan a su mujer porque la pizza era demasiado cara: cinco euros por una porción de cebolla y tomate subrayada por un trozo de pan. O debe ser eso que llaman, y que yo he leido, el síndrome de Estendal o algo así, que te vuelves tarumba después de mirar tantos monumentos y estátuas. También leí que les pasaba sobre todo a los americanos. Claro, allí no tienen monumentos: a lo mucho, centros comerciales. Qué chorrada! Como si los monumentos aquí no fueran todos centros comerciales.- A Paco se le iba secando la boca cada vez mas. Se pasaba la lengua rasposa mientras movía la quijada para comprobar que la pudiera volver a cerrar. -¿Y si me entra una de las abejas Barberini?-, farfulló.

Otra mañana, se encaminaron hacia el Vaticano. Ya por la noche, y algo excitado Paco repasaba la jornada: -Joder, admito que es uno de esos momentos en los que uno no sabe qué hacer, sí… no doy crédito… ¡me la ha aplicado!, con ese aire de chulopiscinas italiano –sólo que era negro-, sin mirarme ni a la cara, dentro, completamente embutido en sus gafas de sol… “no puede entrar vestido así”-. Paco hizo cara de no entender allá en sus adentros. Se señaló los pantalones: -y yo me los miré como si fuera un imbécil reconociendo por primera vez los pantalones que lleva puestos… Demasiado cortos para entrar en el Vaticano. La cuestión de fondo reside en que los pantalones deben tapar las rodillas, ¿no?. Pues no sé si lo entiendo: es una de esas cosas que no entiendes, porque sencillamente uno no está preparado para ello. Viajas muy lejos de casa, te gastas una pasta del demonio, y cuando llegas resulta que el problema reside en las rodillas.

Laura le estiró de la manga en un gesto que conocía bien, Laura: -No des problemas, te lo ruego-. No hay cosa en el mundo que encienda más a Paco que cuando Laura le estira de la manga. -El negro de la puerta empezó a mirarme a los ojos, el muy cabrón, ya que se había dado cuenta de que yo no me había movido y que como un termómetro, el mercurio me iba en auge cual meteoro. Media hora llevábamos haciendo cola bajo un sol del infierno. Pero eso no es lo importante, ostia. Es la puta pizza que me he comido a media mañana que me ha dejado un sabor de tomate en el esófago que se mueve como un ascensor, ¡no te jode!. ¿Qué normas son esas? Claro, pues qué le voy a decir!- Laura le estiró de la manga: -Tranqui, cariño-. Paco no oía nada, tenía una expresión angelical. -El ardorín de la puerta contestó que eran las normas de la Basilica, ahora sí, mirando de frente-. Se giró hacia Laura, que en ese momento maldecía a todos los demonios porque se le había borrado el mensaje que ya estaba a punto de salir de su móvil. –Y encima, centenares de turistas que van pasando por la puerta, a mis dos lados, la mayoría de ellos con las rodillas más o menos tapadas. En un fracción de segundo, tomé la decisión-, y chasqueando los dedos, añadió: -no sé si a la ligera o no. El caso es que tú, al intentar apartarme de la gigantesca puerta, desataste la idea, el impulso. Bien, yo aún no estaba dentro de la basilica: donde yo estaba era todavía parte de la plaza, ¿o no? Total, que se quedó con la boca bien abierta, el negro. Supongo, ahora lo pienso, que nadie se le había quedado en calzoncillos justo delante de la puerta de San Pedro. Cuando uno hace algo así, es como si te distanciaras de tu cuerpo, como cuando cuentan eso de las almas que se elevan y te ves de lejos. Te vés a ti mismo como vés a los demás. Y creo que es por eso, que se te queda la cara un poco de burro. Y cuando noté cómo el sol me quemaba el culo, me dí cuenta de que ponía cara de besugo. Pero de besugo en calzoncillos. Yo pensé, no voy a mentir, qué cosas piensa uno, ¿verdad? que lo peor era cómo me iban a quedar los pantalones, ahí caidos en los pies, con un suelo tan pateado, pero también me dije que el mármol o el granito, o lo que fuera que estaba hecho el suelo, es muy agradecido para estas cosas. No sé si pasaron unos segundos o unos minutos. Sólo pensé que al tipo se le iba a resecar la boca. ¡Cuantas fotos de carrete turístico ocupé durante aquel rato! Sólo veía gente haciendome fotos: tenía gracia, me hacían fotos a mi, en la puerta del Vaticano, bajo la imponente fachada del gran Maderno.

A Paco lo llevaron aparte, mientras Laura le subía los pantalones a trompicones: -Bueno, y qué te dijeron?-. Paco puso los labios en bemba: -Bla, bla, bla… me dijeron cosas, que la verdad, no recuerdo que fueran nada impresionantes. Todos los que me lanzaron la monserga, ni iban vestidos de guardia suiza, ni eran europeos. Eran negros gringos la mayoría y un par de italianos que no tenían ni media bofetada, pero que por fardar podían soltártela entera-.

De vuelta al hotel, esa noche, Laura también le dijo cosas, de otro calibre, pero que tampoco fueron nada del otro mundo, o eso expresaba el vivo rictus en el rostro de Paco mientras las escuchaba. De todas formas, así, en general, Paco estaba alegre. -Esa alegría tuya nerviosa y estúpida porque crees haber vivido una aventura, y una vez pasado el miedo quieres convertirla a toda leche en algo en lo que puedas aparecer como héroe.- Paco argumentó una justificación, mientras metía las botellitas de jabón de la habitación del hotel, y los kits dental y de afeitar, en un bolsillo escondido de la maleta: -¿quien iba a pensar que al Vaticano le importara más el aspecto de unas rodillas que el hecho de que un ejército de duques de feria religiosos peten los culitos de los niños americanos-. -Sabes lo que te pasa a ti? Antes eras jefe y te peinabas hacia atrás. Ahora te peinas de lado y no parece que vayas a durar más que un par de telediarios. ¡Y para qué guardas los jabones si aún vamos a estar aquí varios días!-. Laura se quitó unos pelos marrones de la blusa, colocando índice y corazón en forma de pinzas, a la caza y captura de algo de serenidad. –Yo soy generoso en la victoria, querida, porque conozco bien la derrota. Por el contrario, los demás son orgullosos y soberbios en la derrota porque siempre creen que ganarán la guerra.- -Vamos al Vaticano el lunes, que habrá menos gente y podremos estar más tranquilos. Tú, lo que tienes es el síndrome de Estendal ese, que te lo digo yo. El sol cae a plomo y tú te encuentras mal. Ya sabes que no te sienta bien el sol-. Paco no supo muy bien qué decir. La luz de una farola entraba a rayos por la ventana, entonces dijo: -se me ocurre pensar en lo teatral que es la nada-. Al rato, se acordó de la frase que acababa de oir: -¿qué dices?-. No le dió tiempo a nada más; Laura, que se había alejado unos pasos dándole la espalda, ya entraba en el baño.

Esta entrada fue publicada en derrapes y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s