Cultura: el culto del mito

[Extraído de barcelonametropolis]

Comparemos las definiciones del término cultura (del latín, cultivo) que aparecen en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE) y en el diccionario Webster de lengua inglesa.

DRAE: 1) Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico; 2) conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época, grupo social, etc.; 3) culto religioso.

Webster: 1) El acto de desarrollar las facultades intelectuales y morales en especial a través de la educación; 2) formación y atención experta; 3) ilustración (enlightenment) y excelencia del gusto adquiridas mediante formación estética e intelectual; 4) conocimiento y gusto de las bellas artes, de la humanidades y de aspectos amplios de la ciencia, distintas a las habilidades vocacionales o técnicas; 5) el conjunto integrado de los conocimientos, creencias y comportamientos humanos que dependen de la capacidad de aprender y transmitir conocimiento a las siguientes generaciones, etc.

El lector probablemente ya habrá notado que hay dos diferencias fundamentales entre una definición y otra: la transmisión de conocimiento y la referencia religiosa. En la definición del DRAE, la referencia a la formación y la educación es inexistente, mientras que en el Webster es recurrente. Por su parte, en donde el diccionario inglés habla de las “creencias”, integradas en un conjunto más amplio, el español las define como “culto religioso”, diferenciado del conjunto. Al utilizar la expresión “ilustración”, el diccionario Webster parte de una premisa categorial evidente: el movimiento de “las luces” surgido en la Europa del siglo XVIII habría dado forma, mediante el impulso racionalista y educativo, a una formalización moderna y progresiva (excelencia) del conjunto de sensibilidades humanas. La ausencia de estas referencias en el DRAE, ¿es síntoma de una visión premoderna de la cultura? A todas luces la respuesta será negativa, pues sabemos que la sociedad es simplemente el conjunto de todas las prácticas reales negociando en diversos planos.

En la definición del diccionario español, parecería que ese conjunto de conocimientos por el que define la cultura no vendría dado por un sistema explícito de transmisión, sino que se constituiría por su mera existencia primaria, como un fondo esencialista que no necesita de vehículos transmisores, pero que puede medirse en términos de grados. Al mismo tiempo, la definición hace compartir un concepto ilustrado, el de juicio crítico –aunque personalizándolo, ya que vincula la habilidad individual (de alguien) con la consecución de un determinado estado: ser culto– con la de culto religioso.

En 2007, César Antonio Molina, director del Instituto Cervantes y poco después ministro de Cultura en el Gobierno del presidente Rodríguez Zapatero, manifestó que “no hay lengua ni cultura que esté por encima de nosotros. Ni lo estuvo, ni lo está, ni lo estará”. La primera parte de la declaración responde a la habitual actitud chauvinista de muchos políticos o intelectuales en cualquier parte del mundo. Sorprende más la segunda frase. Según Molina, la cultura hispana es atemporal, está ahí, desde siempre, y nunca ha necesitado competir para escalar posiciones en un supuesto ranking mundial.

El ministro no estaba loco, ni le dio un ataque puntual de “españolitis”. Tampoco su declaración es solamente una derivación, sin duda casposa, de las clásicas operaciones de mercadotecnia militante en el marco de las industrias culturales impulsadas globalmente por gobiernos e instituciones. No. El ministro estaba transmitiendo lo que es la columna vertebral del sentir oficial sobre la cultura desde tiempos inmemoriales: que la cultura española es excepcional, que su progresión no es el resultado de un proceso sino la constatación de una verdad original que traspasa la propia historia sin someterse a su juicio. Para el entonces ministro, lo mismo que para el inmenso entramado administrativo e intelectual del que fue su ministerio, la cultura hispana sería pues teleológica: se funda con un objetivo y tiene un destino manifiesto. La casualidad ha hecho que de todas las combinaciones posibles de las letras que componen la palabra “destino”, solo haya otra inteligible: “sentido”. Ambas acepciones se espejan y promueven una visión trascendente de la vida social y de su proyección histórica.

Si el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua y el ministro de Cultura no comprenden la utilidad de la transmisión y la exégesis de los elementos que constituyen una forma cultural, y consideran que la cultura sólo desarrolla “un juicio crítico del individuo”, ello no puede entenderse más que por la absoluta certeza de que lo hispano, uno de cuyos más notorios pilares es la lengua, tiene una condición endógena que no puede “interpretarse” desde fuera, o aún peor, que no puede interpretarse, por lo que el papel de la educación nada tendría que ver con la exploración crítica de los conocimientos. Si la cultura, aun incorporando los avatares del paso de la historia, se mantiene siempre fiel a sí misma, la educación, desde esta perspectiva, sería la negación de esa fidelidad, pues daría entrada al conocimiento “inútil” de otras estructuras que en nada beneficiaría a la comunidad.

El sistema educativo resultante de todo esto lo conocemos bien. La transmisión de conocimiento se ha reducido a la celebración de un catálogo de dogmas históricos y culturales y, en el mejor de los casos, a una mera racionalización “contextual” de los mismos: en España, diciendo que somos tan europeos como los demás; en América, que la unidad cultural es tan grande que, al fin y al cabo, somos todos americanos y así somos. Deshacer la excepcionalidad no puede pasar por camuflar la memoria en una memoria mayor. Y, aunque pueda parecer que los tiempos han cambiado, eso no es tan evidente. En España, las apabullantes interferencias políticas en el sistema escolar, en parte producto de la guerra que mantienen instituciones y gobiernos en temas como las asignaturas éticas o el idioma en el que se imparten las clases, representan el origen mezquino de un relato educativo orientado a deshacer conflictos y problemas al entender éstos como fuentes de violencia.

¿Qué queremos decir con esto? Que la cultura y la educación son términos contaminados por premisas apriorísticas. Podríamos estar tentados de pensar que, por lo dicho, la transmisión de la cultura está más asegurada en el ámbito educativo que en cualquier otro entorno social. Pero, entonces, nos debemos preguntar: ¿de qué noción de cultura hablamos? ¿Una cultura grabada en piedra? ¿O un conjunto de prácticas sociales y comunicacionales? Podemos también imaginar que la influencia política en la educación de los niños es el mero ejemplo del interés oficial por preservar la transmisión de conocimientos o de ayudar a la integración social. Nada más lejos de la verdad. Es posible que muchos de los profesionales de la educación tengan interés en transformar las cosas, pero los desastrosos resultados están ahí. La educación no se concibe como una transferencia crítica de herramientas, sino como mero transmisor de verdades. Y si entendemos esas verdades como la Cultura, entonces sí podemos decir que, desgraciadamente, la cultura se transmite en la educación.

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