La “bodeguiya”

A principios de los años 80, el arte y la cultura en general figuraban como uno de los valores efectivos de la izquierda en España. Felipe González lo tenía claro: “Hoy es más revolucionaria la movilización del mundo de la cultura, que el esquema clásico de confrontación de clases sociales”. El arte era parte integrante del imaginario político y se proyectaba como articulador de nuevas construcciones ciudadanas y colectivas: “La libertad creadora es la síntesis de ese esfuerzo que [en el PSOE] deberíamos llevar a los ciudadanos de España” (Felipe González). En el arte, en el teatro, en el cine, se habían avivado muchas de las llamas del antifranquismo y de una crítica radical del estado de las cosas. La derecha asumía que la cultura era de la izquierda: no hay mejor botón de muestra que la estupefacción del President Pujol ante la idea de que un cuadro de Tàpies, algo verdaderamente incomprensible para su escasa formación estética, lleno de rayas y grumos, completamente alejado de su estimada Escuela de Olot, fuera a presidir nada más y nada menos que la Sala de Gobierno de la Generalitat de Catalunya. Pero dijo que adelante: el arte era de la izquierda ¡qué se le iba a hacer!. Además, seguramente se quedó más tranquilo al ver como sus iniciales (JP) aparecían en el lienzo enmarcando la historia del país.

Por su parte, la izquierda no disimulaba su posesión, pues consideraba que era en la cultura en dónde podía despegar el “cambio”, ya que la política seguía siendo un terreno en el que se encontraba un tanto “desposeída”. Un buen ejemplo de esto es el spot televisivo en el que Javier Solana pide el voto para Felipe González en las elecciones generales de 1993. Solana había sido ministro de las carteras de Cultura y Educación hasta 1992, pasando a dirigir luego Exteriores en el momento en que España acepta entrar en el Tratado de Maastricht, en donde Europa hizo suyas las reglas del capital. La insistencia en los valores culturales del país, en la secuencia de imágenes del principio, marcaba de nuevo el discurso culturalista de estado, entonces gestionado por los socialistas.

Así, se llegaba a la inquietante singularidad de que la izquierda cultural invitara a cenar a las derechas en el famoso “Suquet” organizado cada verano en el lujoso Ampurdà por el cineasta Pere Portabella. Era lo más natural del mundo.

En el camino, y mientras el PSOE llegaba al gobierno en 1982, aparece una imagen que marcará en gran medida esa estrecha vinculación entre el nuevo poder y la cultura: la “bodeguiya” del Palacio de la Moncloa. El matrimonio Felipe González-Carmen Romero adaptaba la cueva subterránea construida por la Duquesa de Alba en 1783 como un lugar de encuentro entre políticos e intelectuales. De gruta-mazmorra propia de los delirios neoclásicos y prerrománticos de la aristocracia, la “bodeguiya” pasaba a ser una típica tasca sevillana, donde se canta jondo, emblema del culto posmoderno a lo popular como forma de exorcizar (quien sabe) tentaciones de grandeza. En la campaña electoral de 1996, un grupo de músicos y actores pedían así el voto para Felipe en las elecciones que perdió contra Aznar:

Cada viernes, en el subsuelo, Carmen Romero organizaba cenas informales para artistas plásticos, escritores, cineastas. Se podía hablar libremente, se concedía derecho de pernada intelectual: la habitación “sub-rosa” del rey Enrique VIII de Inglaterra, libre de artificios. La “bodeguiya” simbolizaba al mismo tiempo el sueño republicano francés (o priista mexicano) de una clase intelectual cercana al poder, constitutiva del poder, y de un poder heredero de la clase intelectual, prolongación de una cultura responsable de mantener vivo el sueño de la democracia durante la grisura franquista.

36_s 06_s

bodeguilla_moncloaUn buen botón de muestra es la recepción que Carmen Romero ofreció en La Moncloa, en 1986, a los 72 miembros del Consejo Internacional del MOMA que se reunían ese año en Madrid. La recepción fue acompañada de una exposición colectiva organizada en las salas del palacio, montada solamente para el acto -por lo que no pudo ser visitada por el público-, al que asistieron el matrimonio González-Romero, algunos artistas, galeristas, críticos, más los miembros del MOMA. La fugaz muestra fue comisariada por Carmen Giménez. Los requisitos que se hicieron públicos para formar parte de la exposición fueron “tener menos de 30 años y no ser muy conocido”. Los seleccionados fueron estos. ¿Qué otra cosa podrían haber tenido en la cabeza Carmen Romero o Carmen Giménez? Hasta la Reina hizo un hueco para recibir a los insignes miembros del MOMA, garantes del acceso a la modernidad internacional.

Claro que muchas de esas asunciones eran simples mitos y quimeras. Pero eso no importa. La “bodeguiya” representaba a la perfección el imaginario de una clase política que casi se veía emanada de la clase cultural. Antonio Machado era secuestrado por Alfonso Guerra y, como recuerda Jorge Semprún, se convertía en dictado obligado durante las sesiones del gabinete. Sin embargo, la “bodeguiya” dejó de existir, probablemente bajo el peso intolerable de otras grutas menos cómodas, las de la Guardia Civil en Euskadi, o las de la soledad del rey incomprendido y heroico en la que que sumió González durante sus últimos mandatos.

La puntilla final de la bodeguiya, naturalmente, fue cosa de Aznar, quien siempre pasa por los temas de cultura como quien va de puntillas. Sin remilgos, convirtió la tasca, antes llena de colillas, pinchos y chiquillos, en una cava fresca y silenciosa, una cripta de estilo herreriano, en la que conservar sus apreciados Ribera del Duero.

La desaparición de la “bodeguiya” es la metáfora de la desaparición del arte del imaginario político español. La conversión de la tasca en cava es el símbolo de una cultura convertida en marca, en atracción turística y en solaz individual: ya no cabe la proyección de la cultura como utensilio de cambio social o de motor ciudadano. No podía ser de otra manera. El secuestro que unos y otros hicieron de los términos culturales sólo podía conducir a llamar “cultura del vino” al negocio bodeguero. La cultura se retrotrae a su etimología: al cultivo. La “bodeguiya” se convierte en bodega.

El arte ya no cuenta como “factor” político, sino sólo como dividendo. Al principio, dijeron que “la cultura vive mejor en los medios descentralizados y pequeños… que renunciaban tácitamente a la política de los grandes gestos”. Pero no: pronto creyeron que haciendo museos cumplían los designios de la nueva democracia. Después vieron que nadie iba a ellos, a no ser que estuvieran de paso por la ciudad, pero que se vendían más cajas y cajas de vino en los lujosos restaurantes que rodeaban aquellos magníficos edificios, en los que vivían y comían a los que la política les interesa un cacahuete. Claro, y se llevaba a un cocinero como el artista nacional más sensacional a la Documenta de Kassel.

Lo que antes se soñaba tan ingénuamente en la “bodeguiya” hoy queda contrastado por el “club de la ceja”: meros activos contables y risueños en los oscuros asientos del crédito político. He aquí la campaña del PSOE de 2008:

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4 respuestas a La “bodeguiya”

  1. Paco Freire dijo:

    un argumento original e incisivo

  2. fantastica critica !! que bueno el club de la ceja!! que verguenza!!

  3. Pingback: Todo nuevo bajo el sol. La posmodernidad en el arte español de los años ochenta | soymenos

  4. paco dijo:

    la verdad es que esta muy bien.

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