Carlos Slim: una imagen

Carlos Slim está sentado y mira a ningún sitio a su izquierda: quizás está mirando a alguien de la mesa mientras le hablan. Se tapa una mano con la otra, en un gesto algo momentáneo, que no puede durar mucho, como si estuviera ocultando algo bajo la mano, una carta de poker, una mosca… algo que se va desvelar pronto. Es obvio que la mano de abajo tiene los dedos replegados, convertidos casi en puño.

Detrás de Carlos Slim se presenta una ventana, una ventana enrejada, cruzada por barrotes o celosías de color verde oliva y negro sobre las que además cuelgan dos noticias, dos anuncios. La pared-ventana, reminiscencia de Daniel Buren, es una bisagra: no sabemos si está ahí para mirar hacia afuera o para que los de afuera miren hacia adentro. No sabemos si Slim está dentro o afuera. Por la luz natural que baña el espacio, procedente de una ventana a su izquierda, sospechamos que Slim está adentro. Al combinar la luz, los barrotes y el gesto de las manos de Slim se pondría pensar que está siendo interrogado, e incluso que está esposado, pero sólo es una suposición.

Colgando de los barrotes, hay dos signos. Son dos bodegones al óleo del mismo tamaño, con marcos idénticos, simétricamente dispuestos y escuadrados, no sólo entre sí sino también con respecto a los límites mismo de la imagen. Se puede percibir un pequeño error de quien montó las cuadros en la pared, puesto que el de la derecha de Slim está levemente por debajo del otro. Parecen obras del mismo autor, del siglo XVII o principios del XVIII. Hay calabazas, duraznos, nueces, fresas… En el óleo a la izquierda de Slim, a cada lado del cuenco con pepinos, hay lo que parecen unas vainas colgando de un hilo, y también una especie de pimiento chile, quizás un chile güero, aunque su tamaño, excesivo, podría hacernos pensar en una calabaza fina. Si realmente se tratara de un chile güero, entonces podríamos sugerir que se trata obras de algún autor mexicano.

Ambos óleos reflejan en la parte superior la luz de las bombillas de los focos que las iluminan. Esos reflejos aparecen en las telas gracias al punto de vista empleado por el fotógrafo, que ha tenido que agacharse para conseguir una imagen en la que Slim pudiera aparecer frontalmente con los dos cuadros detrás. Probablemente, estando de pie, un observador no percibiría los reflejos. Dado que la luz de la sala es fundamentalmente natural, podemos imaginar que el hecho de que los focos estén encendidos se debe a una voluntad, bien de Slim, bien del fotógrafo, de que los cuadros se percibieran con claridad. Sin embargo, para prenderlos se ha tenido que prender la iluminación general de la sala, como se constata por la ténue luz artificial en la parte derecha de la imagen, probablemente procedente de una lámpara sobre alguna mesilla.

Desconocemos dónde se encuentra la estancia en la que la imagen fue tomada. Quizás se trata de una estancia cercana al despacho de Slim. No creo que se trate de su propio despacho, a la vista del tipo de mesa en la que está sentado, que parece demasiado pequeña para albergar reuniones con más de 3 o 4 personas. Además de que el color blanco y su aparente baja calidad no casarían con la preeminente posición del personaje. Quizás se trata de alguna sala de la Fundación Soumaya, en dónde el magnate mexicano ha reunido su colección de arte.

Toda la imagen compone una alegoría armónica sobre un texto que se oculta. El gesto opaco, tenso, propio de los ilusionistas, de las manos de Slim, su mirada tranquila pero atenta, la ruralidad de los cuadros a su espalda, la apertura hacia el exterior que se presume entre las barras… hay aquí un texto cruzado. Podríamos leer toda la escena como una imagen de reclusión, en donde el mundo externo está ahí fuera, tras los barrotes. Al mismo tiempo, podríamos pensar que el mundo está en este lado, en el de Slim, en el del fotógrafo, y que tras la celosía, el mundo está de alguna manera preso. Y todo está congelado, de la misma manera que las naturalezas muertas. Los signos colgando entre las barras, esos bodegones, parecen señales, claves, con las que interpretar un momento crucial, un instante de tensión entre el adentro y el afuera, entre las manos cerradas de Slim y lo que en un momento saldrá desvelado de ellas: quizás un as, quizás un regalo, quizás un teléfono móvil oculto (aunque, en la línea inferior del marco de la imagen surge un detalle de lo que podría ser un móvil). Ya poco importa. Los bodegones parecen anuncios de algo: un mundo colgado: el chile, las vainas, la cesta de fresas, los pichones, la calabaza, los cuadros mismos. En ese mundo en suspenso, en suspensión se nos presenta Carlos Slim.

Intento hacer una ampliación de su reloj. Es un objeto que resalta de manera formidable en toda la composición. Concentra un gran poder. Quiero saber qué hora es y qué reloj lleva. No logro averiguar la hora ni el carácter del objeto. Sólo aparecen los pixeles creando una trama de nuevo oculta, congelada en cristales de hielo con diversos tonos de azul y blanco. Es el tiempo. En esos pixeles, precisamente, se concentra el poder de Carlos Slim.

Posdata: al alejarme un buen trecho del ordenador, me he dado cuenta de que los cuadros son como dos ojos enormes, como los de un robot antiguo pero aún operativo, que nos miran o que quizás protegen al personaje.

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