El nuevo Museo Soumaya, México DF: el arte del (mucho) dinero

El 1 de marzo del 2011, Carlos Slim, el hombre más rico del mundo, inauguraba la nueva sede del Museo Soumaya, en la Plaza Carso del barrio de Polanco -plaza o centro comercial, entiéndase bien, creada por y para el emporio Slim: CARSO, acrónimo de Carlos y Soumaya y nombre de uno de los conglomerados empresariales de Slim- en Ciudad de México. El Museo Soumaya forma parte de la Fundación Carlos Slim, A.C., que abrió sus puertas al público en 1994 en la primera sede de la entidad, en la Plaza Loreto del barrio capitalino de Coyoacán, y cuyo nombre se debe a la esposa del magnate, Soumaya Domit, fallecida en 1999. Su acervo consiste en más de 64.000 obras de todo tipo.

No entraremos en lo ocurrido y sobre todo en lo dicho el día de la inauguración, con la crema y nata de la sociedad política, bancaria, empresarial, mediática y cultural mexicana y de otros países. En todo caso, aunque le echen imaginación, seguro que se quedan cortos.

Entremos más bien en el edificio en sí, en su proyecto museográfico y en las derivaciones ideológicas, tan visibles a primerísima vista, de este fastuoso monumento a la codicia, tan similar a los del narcodinero, cuando, por ejemplo, los capos se hacen enterrar tras su inefable asesinato.

El edificio es obra del arquitecto Fernando Romero, yerno de Slim. De 43 metros de altura, el edificio ocupa 17.000 metros cuadrados de construcción, 6.000 de ellos para espacio expositivo. La piel del contorneado y salomónico edificio está compuesta por miles de hexágonos de aluminio, que según el arquitecto, evocan “la colmena y el trabajo en familia”.

No puede haberse elegido mejor motivo para representar el poder en su grado más excelso: las abejitas, con sus jerarquías y su acaparamiento de miel. En España, los paneles han sido ampliamente cultivados:

No me parece en absoluto anacrónico retrotraernos a los sueños del cardenal Barberini -papa Urbano VIII- y su familia, en la Roma del siglo XVII que quería reinventarse bajo la comunión del poder total, el divino y el terrenal. El emblema que Maffeo Barberini escogió como blasón constaba de 3 abejas: las que pueblan muchos de los edificios y monumentos más representativos de la Roma de la época.

Todo el complejo es un monumento a un imperio, el de quien paga. Cada detalle es un pequeño hexágono de una inmensa colmena al servicio del rendimiento infatigable del capital y de los valores que éste sostiene. Como otros imperios antiguos:

Cada ángulo por el que observamos el edificio remite a Carlos Slim, y en especial a la celdita desde la que creó su gran jarro de miel: el teléfono, que por arte de magia salinista se convirtió en 1990 en propiedad enteramente suya (Telmex y Telcel).

Entre los muchos detalles que se pueden observar mientras unæ camina alrededor del edificio, me encuentro con dos muy significativos: en las escaleras de entrada del museo hay un chico joven consultando un manual mientras rellena una solicitud de empleo de Telcel, y el policía de la puerta es nada más y nada menos que de la PBI (Policía Bancaria Industrial).

El hall de entrada del museo es… como lo diría… grotesco por lo faraónico, insustancial por lo inútil, pedante por lo limpio. Una gigantesca mole de curvas mal trazadas y una columnita central que no sabes para qué está: si para sostener algo o porque a alguien le dió miedo un supuesto minimalismo en el museo de un hombre barroco por excelencia. En la enorme sala, tres esculturas: tres vaciados de los moldes de “El pensador” de Rodin, de “La Piedad” de Miguel Ángel y del grupo de Laoconte: tres monumentos al “quiero y sí puedo” aparente de quien no puede conseguir los originales. De verdad, alucinante.

Por cierto, que a medida que se van ascendiendo los pisos del museo, vas percibiendo cómo toda la concentración arquitectónica fue únicamente pensada para el hall de la entrada, pues los pasillos de conexión interiores son de pena, dando una sensación lúgubre, propia de un párking de alto standing. Los acabados son pésimos y ya comienzan a verse los signos del rápido deterioro.

Vayamos a la ordenación temática del museo. Hace meses leí unas declaraciones del director del nuevo Museo, Alfonso Miranda, en las que manifestaba que el museo apostaba por una ruptura de las categorizaciones temporales y cronologías al uso, a la vez que pretendía ofrecer una nueva forma de ordenación “anacrónica”. Reconozco que me dejó con la mosca en la oreja con esas palabras, pues me imaginé que quizás entraba en una interesante dinámica en la que se intentaba superar determinadas jerarquías expositivas derivadas de una historia del arte tradicional. Y entré en el museo con cierta expectativa.

Pero, ay!, las cosas eran bien diferentes… Aparte del vestíbulo mamotétrico de la entrada, el museo está organizado en seis salas. La primera, atentos, tiene como título: “Entre los mundos: oro y plata”.

Sí, efectivamente: oro y plata. El origen del mundo, de su mundo: el dinero. Me quedé estupefacto. Una colección de monedas de oro y plata de diferentes épocas. Colecciones de crucifijos dorados de varios quilates.

Y cuadros en los que te recuerdan sin asomo alguno de distancia, que todo empezó en lugares como las minas de Guanajuato, en el sangriento siglo XVI, en donde el mundo se hizo su mundo gracias a la especulación monetaria.

Segunda planta y sala: “El hombre y sus objetos”. Estupefacción dos: ¿cómo puebla el hombre burgués su estuche? ¿cómo rodea su vida casera, sacrosanto lugar de expresión del capital? Ahí tienes cachivaches, muebles, retratos y los primeros artilugios tecnológicos a través de los cuales uno podía convocar al mundo en casa sin necesidad de tener que lidiar con sus conflictos. Aquí, el estado desaparece: lo único que queda es el individuo todopoderoso capaz de convocar en sí mismo toda ciudadanía. Eso sí, primeros originales del mismísimo Edison, por no hablar de los primeros teléfonos, como no podía ser menos del propietario de la telefonía mexicana:

Tercer piso: “Antiguos maestros europeos y novohispanos”. Declaración en toda regla de las apuestas castizas y virreinales del patrón. El mundo colonial novohispano como fuente de la identidad mexicana, versión Polanco. Otro paso más en las intenciones de las nuevas clases dominantes mexicanas -leáse PAN, Banamex, BBVA, Santander, Slim- en reconstruir los relatos identitarios mexicanos: “la jerarquía nos hará libres y asegurará el auténtico trasfondo popular de la cultura”. Injusto sería no decir que en esta sala hay obras estupendas, como el biombo de “La alegoría de América” o este fantástico Zurbarán:

Cuarto piso: “Naturaleza y pinceles. Del impresionismo a las vanguardias”. Se trata del mejor retrato de quien llega tarde a la fiesta, pero le es igual porque pueda volverla a recrearla, a simple golpe de talón. Está lleno de obras de los grandes impresionistas: Degas, Renoir, Manet, Corot, Pisarro, Cézanne, Monet… you name it. Lo que han debido costar estas piezas ya marea solo imaginarlo.

Quinto piso: “Del México antiguo al moderno”. Esta sala nos viene a recordar que las elites están ahí para preservar el sagrado caliz de la cultura popular. El paternalismo que la preside es absoluto. Aquí se celebra la mexicanidad, pero la propia de una taberna: ilustraciones de Helguera, obras menores de los muralistas y mala pintura historicista del siglo XIX con motivos prehispánicos de lo más manido y cosas por el estilo.

Y llegamos a la última sala, arriba de todo, una enorme estancia ovalada iluminada cenitalmente por luz natural. Se titula “Sala Julián y Linda Slim”, dedicada a los hijos del mecenas. Un caos de esculturas de mediano tamaño y de dudoso gusto se despliegan de la misma forma que Diógenes colocaría sus cosillas. Dalís de segunda fila, Rodin de tercer vaciado… es una sala de retales, que por mucha fortuna que haya costado no puede esconder un horterismo en mayúsculas.

Para acabar: se trata de una más que recomendable visita, no porque el museo vaya a ofrecer nuevos modos de observar e interpretar la historia del arte, a pesar de la presencia de alguna que otra magnífica pieza, sino porque representa un libro abierto sobre los vericuetos mentales del postcapitalismo y acerca de las quimeras e ilusiones de un dinero que requiere rápida legitimación social.

Ver “Formas del capital (monopólico)”

POSDATA (14 de septiembre de 2014): Justo al lado del Soumaya, acaban de abrir el Museo Jumex, construido por el arquitecto David Chipperfield. Otro horror. No es sólo que parece un parking gigantesco, en donde estacionar obras de tamaños enormes, sino que, una vez dentro, parece que te encuentres en un zigurat mesopotámico, en el que al salir al balcón saludas con tu bastón de mando a las hordas reunidas debajo. Sin olvidar que todo el conjunto es una especie de galería en donde ver lo realmente importante: que ese Nuevo Polanco que se han sacado de la manga es ya, por fin, verdaderamente MODERNO; esto es, lleno de ejecutivos, limpio y online.

jumex jumex2 P1040291

Esta entrada fue publicada en Helarte como política y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a El nuevo Museo Soumaya, México DF: el arte del (mucho) dinero

  1. Félix PH dijo:

    Buenísima entrada, Jorge. ¿Qué cosas hay que ver? No sólo por allí.

  2. Fernanda Castillo dijo:

    ¿Sabe por que el museo tiene 6 salas?

  3. Pingback: Libro de visitas del Museo Soumaya, México DF | NO TOCAR, POR FAVOR

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s