Una razón adolescente

“Había algo extraño en mis sensaciones, algo indescriptiblemente nuevo y por esto mismo indescriptiblemente agradable. Me sentí mas joven, más ágil, más feliz físicamente, mientras en el ánimo tenía conciencia de otras transformaciones: una terca temeridad, una rápida y tumultuosa corriente de imágenes sensuales, un quitar el freno de la obligación, una desconocida pero no inocente libertad interior. E inmediatamente, desde el primer respiro de esa nueva vida, me supe llevado al mal con ímpetu decuplicado y completamente esclavo de mi pecado de origen. Pero este mismo conocimiento, en ese momento, me exaltó y deleitó como un vino. Alargué los brazos, exultando con la frescura de estas sensaciones, y me di cuenta de repente de ser diminuto de estatura […] Fui el primero en disponer de otro yo mismo que podía en cualquier momento desembridarse para gozar de toda libertad, como un chiquillo de escuela en sus escapadas, sin comprometer mínimamente la dignidad y la seriedad de mi figura pública”.

Esta descripción de las sensaciones del doctor Henry Jekyll al convertirse en su alter ego, Edward Hyde, desplegan el tono de una época que comienza a preguntarse por las estrategias necesarias a fin de superar el anquilosamiento de un individuo demasiado pegado a su propio estuche, demasiado consumido por el sistema burgués de seguridad moral en el que se ha instalado. Jekyll descubre en Hyde la fuerza para sustraerse al desgaste de lo anodino, a la acumulación obsesiva de certezas. Hyde le aporta la pasión desmedida de la inocencia, de la libertad, de la temeridad, de la frescura. Y aunque parezca forzada la alegoría que quiero plantear, no me parece tan descabellado pensar que todo ello podría perfectamente interpretarse como una lectura del propio proceso de “adolescenciación” del tiempo contemporáneo. Las descripciones que Jekyll realiza sobre su otro yo-monstruo me parecen de gran utilidad a la hora de interprear ese proceso, por el cual, los hombres-estuche han creado una bestia capaz de protagonizar el deseo de “regresar” a lo “auténtico”, a lo “genuino”, a la incontaminado. El joven, el adolescente, incluso el niño, junto a los mundos inventados que les acompañan, se han convertido en protagonistas de una época, en símbolos y metáforas que recorren la publicidad, el arte, el cine, la política.

En la fantasmagoría de un mundo destinado a transmitir los placeres y las experiencias siempre nuevas de los adolescentes, el hombre- estuche (en la felicísima expresión de Walter Benjamin) ha hallado su particular mecanismo de expresión ilusionista.

Es un mundo ventriloquial, en el que los personajes principales son los niños, los abuelos, los animales, los anómicos… los que siempre dicen la verdad, los que no están restringidos por hipotecas morales o históricas.

Es un mundo en el que la verdad conmueve en un ejercicio de hipocresía calculada, mediante el cual parece disiparse la bruma del lenguaje, aparentemente podrido por las tácticas y las estrategias del hombre adulto “moderno”.

Los pintores del siglo XVII encontraron en los putti, aquellos ángeles rollizos, juguetones y pícaros, la manera de transmitir el cansancio de una época y la esperanza de un horizonte arcádico, casi de buen salvaje. Los cuadros de aquel tiempo se pueblan de miles de niños danzando, acompañando a hombres y dioses a recorrer el camino inverso de la cultura: el camino del juego, de la incertidumbre, del “origen”.

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El siglo XIX descubrió, a su vez, que la difusión del capital cobraba especial dimensión a través de los niños. El nacimiento del hogar moderno, estuche por antonomasia, abría la posibilidad de emancipar la mercancía mediante la apelación a los deseos infantiles, a su natural satisfacción, tarea en la que los padres debían depositar sus propias aspiraciones. Jugar, pues, se convertía en el mecanismo principal para la expansión del motor central de la economía del capital: el hogar y la familia nuclear.

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Las nacientes tecnologías domésticas apelaron a la comunión con el sistema maquinal moderno a través de los niños y de la necesidad de un uso simple, “interfacial” de los aparatos. La socialización tecnológica se produjo de mano de metáforas que planteaban la bondad de no preocuparse por los entresijos mecánicos y prestar sólo atención a los resultados. Los niños, pero sobre todo los adolescentes, aparecieron de golpe en la escena de los grandes imaginarios comerciales: “you just click, we do the rest”

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La promesa de experiencias inmediatas, del actuar instantáneo, de la customización a placer, de la liberación del lenguaje y de las ataduras impuestas por los sistemas morales e intelectuales de reflexión, todo ello se convirtió en argumentos poderosos sobre los que instalar la razón adolescente. La tecnología, más que ningún otro contexto, sabrá explotar estas técnicas comerciales gracias al recurso a la velocidad y la movilidad, las obsesiones del siglo XX y del siglo XXI respectivamente, para promover un estado narcisista y vibrante en un individuo sujeto a las denigrantes experiencias del trabajo, del ocio y de la participación social modernas.

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Ejemplo perpendicular del triunfo de esas técnicas de representación en la tecnología es la celebración del éxito de los fundadores de las principales empresas de comunicación globales: Microsoft, Yahoo, Google, Apple. Todos ellos jovencísimos emprendedores que con poco más de 20 años consiguieron ser multimillonarios e imponer en el caduco sistema capitalista la supuesta savia renovadora de la adolescencia.

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Hasta la década de los 80 y 90, la discoteca, la alucinación (recordemos de paso que muy posiblemente Robert Louis Stevenson escribió Dr. Jekyll y Mr. Hyde bajo la impresión del LSD), la música rock, la moda juvenil, los videojuegos, el sexo… todo ello era demonizado por los medios y categorizado como contrario al árduo y laborioso construirse de la cultura, de la buena cultura. Dos décadas después, la cultura club está en el mero centro del discurso audiovisual, constituyendo la espina dorsal de la máquina imaginal

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Programas de televisión en los que se explota la inocencia de los adolescentes y se les promete el éxito por el simple hecho de su edad; programas en los que se profesionaliza la adolescencia a base de convertirlos en freakies, o sea en pequeños hombres que espejan el éxito que los espectadores no han conseguido.

El arte contemporáneo, a su vez, busca también en el minimalismo de la experiencia adolescente la fuerza para superar engorrosos y enquistados discursos ya amanerados por la saturación de significados, por la intolerable presión de la historia del lenguaje. Cómics, ilustración, instalaciones, videos y fotografías se administran en clave de inmersión en lo “original”, en lo infantil (post-freudiano, esto es, ya sin Freud), en el “retrato de experiencias”, bien para reflejar el fenómeno, bien para serlo.

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El Dr. Jekyll percibió que el papel que su nuevo yo representaba en el universo del sistema de valores era de tal dimensión que fatídicamente no habría posibilidad de regresar a su yo original: ya no podría ser Jekyll, sólo Hyde era capaz de conseguir la energía necesaria para sobrevivir: monstruosa pero no quimérica. La fuerza de Hyde residía en la indiferencia a emitir juicio alguno sobre sus actos. Henry Jekyll acabó dándose muerte (arrastrando con él a Hyde) porque no veía la posibilidad de poder mantener la distancia entre y realidad y sueño. Quizás imaginó que sería intolerable un mundo-máquina dedicado a la experiencia directa, a la conquista de lo natural, de lo auténtico, tan real y fresco que acabara por finiquitar los propios experimentos que hicieron posible el nacimiento de su otro yo, del Sr. Edward Hyde. Quizás se mató porque descubrió que el sueño de una razón caduca, moribunda hace tiempo, sólo puede producir monstruos-espejos en los que depositar la ilusión de poder reinventarse cada día.

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2 respuestas a Una razón adolescente

  1. armando montesinos dijo:

    Robert L. Stevenson murió en 1894. Albert Hoffmann sintetizó el LSD en 1938. Imposible que RLS escribiera bajo sus efectos. Opio o cannabis, fumados o ingeridos, pudiera ser.
    Por otro lado, cuando hablas del “minimalismo de la experiencia adolescente”, no entiendo bien a qué te refieres. Hay un uso tan excesivo -y equivocado- del término minimalismo que es difícil saber su significado.

  2. Pingback: sociología 2.0 by iguazelelhombre - Pearltrees

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