Franco, ese artista

La verdad es que ya estoy hasta las narices del pinche Franco, pero no puedo menos que colgar unas imágenes que me hace llegar el ilustrador Ignasi Deulofeu, en las que aparece Franco… pintando!!!

La primera imagen procede del libro de Ricardo de la Cierva, La historia se confiesa, tomo 6, cuyo pie de foto reza: “Franco pintor; era algo más que su hobby, su orgullo, relativamente injustificado. Amaba los grandes lienzos cuajados de detalles, sobre todo en las cortezas y la hojas de los árboles. En cambio, el almirante Carrero Blanco sí era dibujante estimable”. Respecto a las obras de Carrero, ver aquí unos ejemplos.

La otra foto procede de aquí. El pie de foto es el siguiente: “Una de las aficiones, no muy conocidas, del Generalísimo Franco era la pintura. En la fotografía, Francisco Franco se entretiene llevando al lienzo uno de los clásicos paisajes de El Pardo.”

Ahí van algunas de las obras pictóricas del general (autorretrato incluido). Vienen de aquí. No se pierdan algunos de los detalles que aparecen en la noticia, como el del nieto de Franco, que comenta: “Cada tarde, después del café se encerraba un ratito a pintar. Era un gran dibujante. Algunos de sus cuadros eran copias de otros famosos, algún retrato de mi madre, su autorretrato. No eran excepcionales, pero sí de una calidad y realismo casi inalcanzables para la mayoría de aficionados a la pintura”.

Existe en el NODO una escena en la que Franco explica su obra a unos corresponsales de prensa estadounidenses:

El arte distrae. Existen algunos testimonios que hablan sobre el imaginario del dictador respecto al arte. Por ejemplo, en el libro de memorias del médico personal de Franco, Vicente Pozuelo Escudero (Los últimos 476 días de Franco, Planeta, 1980). Ahí van unos fragmentos (pp. 110-111, y p. 121):

Una mañana, después de explorarle, me quedé contemplando unos cuadros que había en las habitaciones privadas de Su Excelencia.

Se dio cuenta y me preguntó:

-¿Le gusta a usted la pintura?

-Me encanta, pero no toda.

-Venga usted, le voy a enseñar un cuadro. ¿Qué le parece?

-Bonito, las flores son muy hermosas, tienen un dibujo correcto y el color es sobrio y atinado.

-¿Quiere ver usted este otro?

-Excelencia -le respondí-, es prácticamente igual que el anterior. Existe entre ellos muy poca diferencia.

-De verdad ¿la encuentra? -Poca, poquísima.

-¿Cuál de los dos le gusta más?

-Éste -le indiqué señalando al primero. Se rió.

-No me extraña -dijo-, es el auténtico; el otro es una copia que he pintado yo.

Era buena, casi parecía haber sido realizada por un profesional. Como yo había oído hablar de las aficiones pictóricas de Franco, pero nunca directamente a él, le dije:

-¿Cómo y cuándo comenzó a pintar?

-Finalizada la guerra. Entonces, varios artistas solicitaron que posara para ellos con el fin de realizar algunos retratos y llevarlos a centros oficiales. Vinieron por esta casa algunos pintores. El primero de ellos fue Morcillo, luego Enrique Segura y Sotomayor. Yo, la verdad, aguantaba mal aquellas sesiones que, aunque nunca se alargaban más de una hora, se me hacían interminables. Por otra parte, tenía una gran curiosidad por conocer cómo se desarrollaba el proceso de creación del retrato. Pensé que podía ver lo que los pintores estaban haciendo y para ello mandé colocar un espejo detrás, a fin de seguir todos y cada uno de los trazos sobre el lienzo. Asistía así al nacimiento del retrato y, además, no me aburría. Aquello despertó en mí el deseo de probar. Todos los pintores que pasaban por este cuarto, cuando finalizaban sus sesiones, guardaban cuidadosamente sus pinceles y se los llevaban. En una ocasión, sin embargo, Sotomayor se olvidó de hacerlo. Los cogí para pintar un lirio del jardín, que di por terminado en una sesión. Cuando al día siguiente se lo enseñé y le dije que había utilizado sus propios pinceles, Sotomayor, un poco sorprendido, me dijo: «¿Sabe que. le ha salido muy bien? Debe continuar. Esto no debe quedar así […]

Franco me contaba aquella anécdota, divertido. Me confesó que cuando mostró el lirio al pintor, se encontraba un poco avergonzado. Pero aquel día se animó a continuar probando; que la pintura le había descansado mucho; que era para él un sedante y que los cuadros le hacían olvidar preocupaciones más perentorias. Luego añadió:

-Así realicé estos cuadros y otros que ya verá usted en el Pazo de Meirás. En el Pazo hay uno que considero el más importante: tiene cuatro metros, casi es un mural. Sé que no son obras perfectas, pero son mías, de un hombre que las ha realizado con tesón y voluntad. Sobre todo, he conseguido divertirme.

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Entre los acontecimientos que vivimos por aquellos días, recuerdo la inauguración, el 11 de julio, del museo de Arte Contemporáneo. Fue ésta la primera vez que el Caudillo pasó revista a la compañía que le rendía honores, a mi gusto. Desfiló al compás de las marchas con garbo militar, con energía. Yo no le perdía de vista. Incluso algún periódico comentó aquel detalle; a muchos no nos pasó desapercibido. Yo tenía entonces el orgullo de mi oficio.

Durante una hora recorrimos todas las dependencias del museo. Después estuvimos treinta minutos en el bar. Quedé impresionado de la visita, porque soy un enamorado del Arte con mayúsculas, desde la pintura antigua al surrealismo; pero la pintura moderna que allí se exhibía me parecía incomprensible. Debo confesar que ante algún cuadro me sentí hasta ofendido. El edificio me pareció feo. En la Ciudad Universitaria se había construido una mole que desentonaba del conjunto, como un parche arquitectónico horrible.

Ya en El Pardo le hice un comentario, que casi era una afirmación:
-Su Excelencia, que es un técnico en pintura, ¿ qué piensa del nuevo museo? -¿Y usted?
-He preguntado yo primero, Excelencia -le dije: Rió, replicándome:
-Pues yo pienso exactamente igual que usted: eso no es pintura.

El comentario de Franco tranquilizó mi conciencia. No quería quedar como ignorante.

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Ya puestos, cuelgo algunas imágenes de Franco inaugurando exposiciones y también junto a Dalí.

Para más info sobre esta imagen, ver aquí.

franco_inaugura_IIIBHA_BCN_1955Esta imagen me gusta especialmente. Se trata de Franco y su mujer inaugurando la III Bienal Hispanoamericana de Arte, en Barcelona, en 1955. Mientras están visitando una de las salas, el general y Carmen Polo sólo parecen fijarse en la escultura de una mujer desnuda. En la mirada de Franco hay interés pero tranquilidad, pero en la de la Paca hay un gesto escudriñador que no indica una actitud de aprobación. La tensión puede notarse por la mirada del responsable de la exposición, con gafas y vestido de negro junto a Carmen Polo, hacia Franco, consciente de que la pieza había atrapado las miradas de los visitantes.

Y aquí una presentación del NQDQ del arte moderno, en donde se mofan, con poco disimulo, de las obras más vanguardistas (con la colaboración, siempre inestimable, del propio Antoni Tàpies, que se prestó al juego).

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