El sistema catalán de museos y la degradación del arte

El modelo de estado incubado durante la transición y eclosionado en democracia ha triunfado al menos en su dimensión cultural. Al haber hiperinflado infrastructuras culturales, mediante una constante apelación a la cultura como ADN de la nación y como contrato de ciudadanía, la administración pública ha conseguido secuestrar el debate de lo cultural a la simple (mala) gestión de los enormes recursos públicos y para-públicos. Así, la cultura se dirime ya en la economía política, el ámbito privado por antonomasia del estado. El debate actual sobre los recortes hay que entenderlo desde esta óptica: el estado, su administración, no sabe qué hacer con los paquidermos que ha creado, y corre a refugiarse en los museos como la última línea de defensa. Mírese la defensa cerrada del sistema de museos de la Generalitat y del Ayuntamiento de Barcelona (1), que en sus actuales planes de “ordenación”, lo sitúan como el eje vertebrador de la gestión pública.

Fuera de los círculos del museo, no hay nada. Tienen museos y no saben qué hacer con ellos, pero al mismo tiempo disponen de una sociedad a la que son incapaces de percibir, excepto cuando una parte de ésta, llena de frustración, exige el fin del arte por considerarlo el colmo de la injusticia social y laboral. Ese es el debate: pocos recursos para grandes equipamientos que nunca fueron pensados en clave de sostenibilidad, tanto social como económica, y cuyas visibles osamentas, ya desprovistas de legitimidad, se espejan doblemente en la indiferencia (cuando no abierto rechazo) de la población, que ve el arte como un servicio más del catálogo de actividades de ocio y entretenimiento, y por lo tanto restringido a un mero consumo privado.

Sin embargo, la incomodidad del público frente al arte contemporáneo no es consecuencia del arte, sino su principal motivación. Este hecho añade leña al fuego, aún más si cabe. Si antes el tópico del bohemio aportaba un valor añadido, hoy su figura es vista patética e inadmisible. El arte ya no aporta ningún extra. Con la “inversión” y la museización, formas profundas para disciplinar a los artistas, esta “autonomía chulesca” del arte queda cancelada. Además, la mayor parte de la gente que hoy ve arte, en realidad ya no lo ve: tan sólo ve la idea de arte que tiene en la cabeza. La exploración de los confines es, pues, inútil. Sólo interesa el arte que es admitido como tal: de ahí la renovada presencia de los museos en los planes administrativos.

Todo y esto, lo más grave en este proceso de museización, o para ser más exactos en la articulación de la trama cultural pública catalana a través de los museos, es que va en contra de uno de los pilares de la producción artística de las últimas décadas: cuestionar el contexto social, institucional y económico en el que el arte se produce, aún a sabiendas de que en esa reflexión se producen no pocas paradojas e hipocresías. No puede haber una estrategia más abrumadoramente censora que reducir todo el cuerpo de la política cultural al espacio museístico, en donde se autoriza la marca artística al precio de degradar su fuerza social.

El simple hecho de que prácticamente ninguno de los directores de los centros que de repente han aparecido supeditados a los grandes museos haya sido consultado sobre la nueva situación –aunque se diga lo contrario-, indica a las claras que no hay voluntad de transformar los museos en lugares activos de exploración de las realidades socioculturales y creativas del país, sino que sólo se busca potenciar la creación de una cadena de transmisión piramidal orientada a una mayor legitimación de los grandes centros y destinada a disciplinar la creación emergente en tanto posibles productores de contenido museístico.

El proyecto totalizador que estos planes representan supone la supresión de los criterios de independencia y autonomía en la creación de contenidos por parte de los diferentes centros, que verán automáticamente lastrados sus programas a la ideologización de una lógica administrativa centralizada.

Ellos (y especialmente el actual conseller Mascarell) crearon la “burbuja cultural”, mediante programas insostenibles e hiperinflados de infrastructuras culturales, y ahora no saben qué hacer con ellos, ni en términos presupuestarios, ni en términos de orientación. Son centros que nunca fueron pensados para las prácticas culturales que se producen en la precariedad o que simplemente se producen en la periferia administrativa. La solución que ofrecen ahora es, por consiguiente, la medievalización administrativa: hacer del vicio virtud: vivir en la fortaleza, tener castillos vasallos alrededor, y no preocuparse mucho por el paisanaje. Por el contrario, se abandona radicalmente la posibilidad de reconducir esos centros en lugares abiertos a la vida social, a la exploración de las ideas, a la posibilidad de transformar la sociedad mediante la reformulación cultural.

Mediantes estos programas, el poder solicita de la sociedad un acuerdo: se permite que se haga arte, pero al precio de degradar su conflictividad: ha de ser meramente rentable y museizable.

Según la terminología conservadora utilizada por los responsables de la política cultural catalana – por cierto, extremadamente similar a la utilizada en los Think Tanks de los partidos políticos estadounidenses-, el papel de los museos deberá ser la creación de “relatos” de la realidad: por ejemplo, el MACBA deberá construir el relato de la “contemporaneidad” y el MNAC, el relato de “la identidad catalana”. Si el museo se erige en el factor relator de la identidad colectiva, dificilmente podrán explorarse las herencias culturales. Si se admite que la salud cultural de un país se mide por su capacidad para explorar críticamente, incluso cuestionar si cabe, el patrimonio común que hace posible el presente abierto de una comunidad, no parece ser el museo el lugar adecuado para ejercer este derecho. Si se abandona la experimentación de las herencias, no condicionada por sesgos absolutistas y transmitida en cualquier espacio posible, y se prefiere el acotamiento museal regido por una autoridad moral, estética y administrativa, entonces damos por sentado el fin del proyecto exploratorio de la cultura.

(1) Ver Plà d’Acció Municipal 2012 de l’Ajuntament de Barcelona, i el Plà de Museus 2012 del Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya.

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