Siete artistas para la reflexión

“Siete artistas para la reflexión”. Por Ingrid Guardiola. Publicado en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia (26 de febrero de 2014) y en Magnetic Road.

Una de las vertientes más interesantes del arte actual remite al trabajo de artistas cuya obra se centra en una reflexión conceptual sobre la cultura: sobre la obra misma, sobre el creador, el espectador y las instituciones artísticas. Nos aproximamos al trabajo de siete mujeres artistas que, desde Catalunya, aportan con sus obras diversos puntos de vista a esta reflexión.

Nos encontramos ante un grupo de artistas que confirman aquello de que buena parte de la reflexión sociológica, política y conceptual sobre la cultura contemporánea pasa por los artistas. Sus trabajos repiensan la propia institución artística y el papel que esta, con la obra y el espectador, cumplen, trabajan sobre las tradiciones desde la mirada crítica y suspicaz del presente, reformulan la obra artística desobjetivándola, dejándola escuálida para los ojos, pero inmensa para el pensamiento, y a menudo lo hacen desde una posición política innegable. Esta dimensión es la que nos permite diferenciar las obras donde la reflexión es prioritaria a los supermercados del arte, y algunos de los responsables de que esto sea así son el Espai 13 de la Fundació Miró, la Sala d’Art Jove y La Capella -donde muchas de las artistas que aquí aparecen han expuesto-, además de los diferentes centros integrantes de la Xarxaprod. Estas artistas han sido protagonistas de algunas exposiciones en Barcelona entre septiembre del año pasado hasta la primavera del 2014.

La institución artística contra las cuerdas

Lua Coderch (Iquitos, 1982) es licenciada en Bellas Artes y ha estudiado un máster de Producción e Investigación Artística en la Universitat de Barcelona. Coderch presenta en la Fundación Miró hasta el 16 de marzo la exposición La muntanya màgica.

Lo que le interesa es el proceso, parasitar estructuras y formatos, desapareciendo en ellas. En La muntanya màgica se pone en cuestión al turista como intérprete, pero no sólo el turista extranjero de pie de calle, sino aquel que transita los espacios museales, extranjero a la mayoría de los mensajes que codifica la obra de arte. También el propio espacio museal y la obra en sí son cuestionados en una exposición que es cambiante, itinerante, sin moverse de lugar. Cada día el visitante se encuentra nuevas obras, nuevos signos en una exposición en permanente proceso de transformación a partir de nociones como la decepción, el entusiasmo y el accidente (que, como dice la artista, funcionan como expectativa o recuento). “Todo lo que hemos aprendido a mirar es porque alguien lo ha señalado como relevante”, dice Coderch, de ahí que en la exposición se usen dos métodos (método lista y método ítem) para jugar con lo que el espectador puede decodificar, retener y memorizar de lo que ve. Coderch nos remite textualmente a la frase de Benjamin: “La expresión de los que pasean en las pinacotecas revela una mal disimulada decepción por el hecho que allí sólo haya cuadros colgando”.

De hecho, el turista está permanentemente decepcionado por unos protocolos demasiado prefijados sobre lo que vale la pena conocer de una ciudad ajena. La mayoría se encuentran confortables en estos parques temáticos del alma, por eso los artistas son claves para abrir estas puertas demasiado cerradas del pasado y presente del escaparatismo del arte de postal. Cuando Coderch habla del “protocolo del acontecimiento” no podemos dejar de pensar en “el fin de los acontecimientos” que proclamaba Baudrillard en los años 90. Hemos pasado de los acontecimientos a los fenómenos (“el momento histórico tiene que ser memorable”, dice Coderch), que tienen un carácter de alucinación colectiva, podríamos añadir: fenómenos meticulosamente articulados desde el poder, directamente proporcionales a la enorme magnitud que adquieren sus pocas excepciones populares.

Coderch forma parte de aquellos artistas que, más que presentarnos obras concretas, nos dan herramientas para interrogar la realidad. El título de su exposición hace referencia a la montaña de Montjuïc, donde se ubica la Fundació Miró y que, actualmente, se llama la “Montaña de los Museos” (término designado por una entidad creada por La Caixa, la Fira y el MNAC), no tanto como territorio, sino como una “superficie que se construye a través de la atención que puede crecer sin encontrar ninguna limitación física” (como dice la artista). No podemos dejar de pensar en el libro homónimo de Thomas Mann y en su sanatorio Wald de Davos, y los ciudadanos que vieron como el MNAC y las fuentes de Montjuïc se cerraban para la boda de Shristi Mittal, pueden constatarlo.

Previamente, la artista Àlex Reynolds también cuestionaba la obra y el espacio expositivo en obras como But they are not youTe oímos beberClara o Three. También lo vemos en Ainala Elgoibar, que presentó Gold 20 en enero en La Capella y en febrero en el Macba.

Mireia c. Saladrigues (Terrassa, 1978), licenciada en Bellas Artes por la Universitat de Barcelona, es artista residente en Hangar e investigadora en el programa de DFA (Doctorate in Fine Arts) de la Facultad de Bellas Artes de Helsinki con Hito Steyerl. Como ella misma define, se concentra en el “estudio de las audiencias, los canales de recepción y las condiciones con las cuales los espectadores se encuentran”. También analiza la institución como un espacio de producción social y económica y los trasvases entre la sociedad de control y el trabajo artístico.

Del 29 de junio hasta el 11 de septiembre presentó en la Obra Social Caja Madrid de Barcelona (actualmente cerrado) Radicalmente emancipado(s) donde, a través de vídeos, audios y documentos, mostraba casos de apropiación de obras de arte en contextos expositivos barceloneses en los últimos años. De esta forma, cuestionaba los protocolos de comportamiento en un museo, el lugar que ocupan el espectador y la obra y sus márgenes de maniobra. Una parte de este material se pudo ver en mayo en el Artium de Vitoria, en el marco de la exposición No tocar, por favor.

Del 5 al 27 de septiembre presentó, en la Galería dels Àngels, Rotacions #2 La sortida donde trabaja los temas del recorrido y la salida a partir de reflexionar sobre el cubo blanco (galería o museo) como una fábrica de valores (de exhibición, de especulación, de culto), como un espacio de “producción, de explotación y de proyecciones políticas”, como afirma Hito Steyerl en un texto clave como es ¿Es el museo una fábrica?

La exposición analiza las diferentes salidas de las fábricas (como hacía Farocki en su vídeo-ensayo Workers leaving the factory), su transformación de sentido y, sobre todo, el desplazamiento de la noción de fábrica en un contexto postindustrial (postfordista), convirtiendo las fábricas en museos y los museos en fábricas, como analiza Steyerl. El 17 de diciembre presentó, junto con Manolo Ferrús (vigilante de seguridad de la Funadació Tàpies y conocido como Manferri), Buscaré un lloc per a tu dentro de la exposición colectiva FACTOTUM (en la misma Fundació).

Una artista muy cercana a Saladrigues es Mariona Moncunill, que hasta el 12 de enero presentó la obra Algunes dades en el Arts Santa Mònica en el contexto de la exposición colectiva Un dilema: el arte contemporáneo y la inversión en la incertidumbre. En sus trabajos investiga el marco de visiblidad de la obra artística, cediendo al espectador la reconstrucción del relato que propone la obra.

Repensar las tradiciones

Una parte del trabajo de estas artistas es repensar la tradiciones, lo que la historia ha dejado inmovilizado, fuera de todo marco interpretativo posible, y abrirlo desde la mirada quirúrgica del presente, sin dejar ocasión a la nostalgia.

Lola Lasurt (Barcelona, 1983) es licenciada en Bellas Artes por la Universitat de Barcelona, con un posgrado en Estética y Teoría del Arte por la UAB y un máster en Producción e Investigación Artística en la UB. Presentará su obra Doble Autorización en la Fundació Miró del 27 de marzo al 6 de junio.

La autora define su trabajo como el “testimonio de una época anterior a la mía, un espacio temporal que nunca he ocupado”, centrándose en la década de los años 70, trabajando a partir del des-tiempo desde un punto de vista socio-cultural y político. En Visca CatalunyaVisca l’amor, reproducía un mural pictórico del 1979 del barrio de Poblenou -actual 22@- en la antigua sede de la cooperativa de trabajadores Paz y Justicia. En El Gegant Menhir revisaba la tradición popular catalana suspendida durante la dictadura franquista: los gigantes que no fuesen figuras reales y los desfiles populares. En Indians, American or Amerindians partía de su memoria personal para hablar de la historia y las costumbres de los indios americanos y los efectos de la colonización.

Doble Autorización, una exposición histórica, pero sobre todo historizante, girará alrededor de dos iniciativas populares para, como dice ella, “llevar a cabo actos de conmemoración en el espacio público: una es el cambio de nombre de la plaza principal de Mont-roig del Camp (pueblo que inspira parte de la obra de Joan Miró) de plaza del Generalísimo Franco a plaza Joan Miró el año 1979; y la otra es la reproducción en Montjuïc, dentro del proyecto del Anillo Olímpico, del monumento a Francesc Ferrer i Guàrdia construido en el año 1911 (dos años después de su asesinato en el castillo de Montjuïc) en el centro de Bruselas”. El trabajo sobre el primer acto será pictórico a partir de documentos de la época y el segundo será un trabajo audiovisual alrededor de la reproducción del monumento.

En este sentido, Àlex Reynolds comparte con ella el diálogo con las tradiciones, a pesar de que a menudo lo que certifica es la imposibilidad de comunicarse con ellas o la necesidad de reinterpretarlas. Mariona Moncunill también juega con las tradiciones y los archivos en Habrá que aceptar, además, que es lo que tenemos. Antonia del Río se fija en el sedimento, el rastro, el registro y la resistencia a la muerte, investiga los mecanismos de pérdida y transmisión del conocimiento en obras como Reconstruccions o Xiu-xius en blanc, la biblioteca absent.

La vida política

En el extremo más opuesto de las tendencias y la moda, está aquel arte que sólo tiene sentido desde una dimensión política profunda y que tiene que ver con el artivismo, con la implicación, con la responsabilidad social o con la micro-política. Por ejemplo, Luz Broto mostró en marzo del año pasado en la Fundació Suñol Ocupar una tribuna, el material documental de la ocupación el 1 de diciembre del 2012, junto a los vecinos del barrio y otros colectivos, del antiguo Canódromo de Barcelona, espacio que había sido de uso popular, que durante el 2012 se planteó como un nuevo centro de arte de la ciudad y que ahora está abandonado.

Núria Güell (Barcelona, 1981) ha participado en diferentes bienales y su obra ha recorrido museos de todo el mundo. Güell parte del activismo, sus propuestas son simples (formalmente) y efectivas (conceptualmente y legalmente), juega con los límites legales, se ubica en el centro donde el poder ejecuta sus armas para desarmarlas. Realiza performances antropológicas de naturaleza política, como se puede ver en Eligiendo el silencio muere una posibilidad (sobre los músicos, los órganos de poder y la libertad social), Acceso a lo denegado (ella se ofrecía a los cubanos a darles internet -para los nativos está prohibido- a cambio de conocimientos para la mejora de su estancia en Cuba), Aportación de agentes del orden (donde filmaba con cámara oculta policías que querían coquetear con ella y que fueron invitados a la exposición), Fuera de juego (un inmigrante sin papeles jugaba al escondite con los espectadores y la artista, para poder hacer la obra, pedía un contrato al inmigrante), para, finalmente, hacer obras sobre los protagonistas de la crisis financiera, los especuladores, los políticos y los bancos, buscando vacíos legales donde poder dar la vuelta al asunto (Reserva fraccionàriaCrecimiento exponencial…).

En otras obras los protagonistas son la propia ley, los ejecutores del orden (la policía), como en TranquimazínF.I.E.S. o El Síndrome de Sherwood, la obra que presentó hasta el 14 de diciembre en la Fundació Caldes d’Estrach en el contexto del proyecto colectivo comisariado por Martí Sales Jo em rebel·lo, nosaltres existim. Desde el 14 de diciembre, la Galería ADN recoge Alegaciones desplazadas, exposición dedicada a la artista donde se pueden ver algunas de estas obras. Y en enero se pudo ver una obra suya en la exposición del Premio Ciudad de Palma Antoni Gelabert de Artistas Visuales de Mallorca.

Daniela Ortiz, como Núria Güell, desarrolla un activismo que pasa por el arte a través de la performance. Se centra en el Estatuto del Trabajador y la precariedad laboral (InversiónAluche-BarajasMaids Rooms), en la inmigración, el racismo o los nacionalismos (Royal TimeRoyal Decree 2393/2004 Art 87.2White AfricaOfrendaTribute to the fallen, etcétera).

Mireia Sallarès (Barcelona, 1973) centra en sus investigaciones artísticas en temas como la violencia, la muerte, el sexo, la legalidad, la verdad y la construcción de la subjetividad de los discursos dominantes actuales. No cree en un arte que se autoproclame político, pero, no obstante, toda su obra tiene una dimensión política evidente, partiendo de una frase de Brossa que la autora citaba en una entrevista con Joan Morey: “el arte no es una fuerza de ataque, es una fuerza de ocupación”.

Hasta julio del 2013, se pudo ver en el Centre d’Art de Tarragona Monuments, donde se recogían sus cinco proyectos más destacados. Uno de estos es Le camion de Zahïa, conversations après le paradis perdu, sobre una ordenanza municipal que prohibía el estacionamiento y permiso de trabajo de los camiones-bar en la plaza Montelivet de Valence (Francia), con la consecuencia de que Zahïa, una mujer argelina que vivía de la venta ambulante con su camión de pizzas, se queda sin modus vivendi.

Otro trabajo es Mi visado de modelo; Sallarès conoce en los Estados Unidos a Zaloa, una camarera vasca a quien le está a punto de caducar el visado y acaba haciendo un documental sobre cómo consigue el visado de modelo sin haberlo sido nunca. También se pudo ver una de sus grandes obras, Las muertes chiquitas, una investigación de cuatro años sobre el orgasmo femenino a partir de entrevistas a mujeres mexicanas que incluye un documental de cinco horas, un libro, una serie fotográfica y varios materiales de documentación.

El penúltimo proyecto es Las 7 cabronas e invisibles de Tepito (que también se ha podido ver en Arts Santa Mònica en Un dilema. El arte contemporáneo y la inversión en la incertidumbre), sobre las mujeres de Tepito, barrio marginal de México DF, donde Sallarès se centra en las cabronas, mujeres disidentes que se enfrentan a un sistema patriarcal y corrupto, como dice el manifiesto que la artista elaboró con las mujeres: “La matriz cultural que heredan las cabronas de Tepito y el disco duro de roer que programa la bravura de los Tepiteños, es lo que garantiza la defensa y la resistencia del barrio contra todo lo que trata de fracturarlo para hacerlo desaparecer”.

Finalmente está el proyecto Se escapó desnuda (un proyecto sobre la verdad), la primera parte de una trilogía sobre tres “conceptos basura”: la verdad, el amor y el trabajo. Actualmente está preparando en Serbia el segundo capítulo de la trilogía, sobre el amor, cogiendo como punto de partida la dimensión política del amor de Michael Hardt.

Del 12 de octubre hasta el 2 de febrero del 2013 se pudo ver Literatura de replà dentro de la exposición Jo em rebel·lo, nosaltres existim. Se trata de una intervención que puede ser visitada 24 horas en un inmueble de Barcelona; Sallarès no sólo pone sobre la mesa cuestiones de naturaleza personal y social con la hoja de instrucciones de la obra, sino que inventa un nuevo género literario.

De la obra de archivo a la obra invisible

Las obras de muchas de las artistas actuales casi convierten la obra, no sólo en algo efímero, sino inmaterial, ya sea porque se disuelve en la forma minimalista o en la abundancia de material complementario que la convierten en un trabajo de arqueología archivística, un escalón en medio de un gran edificio de investigación y conocimiento. El minimalismo es lo que encontramos en la obra de artistas como Eva Fàbregas, que trabaja a partir de objetos y conceptos y que recientemente ha participado en una exposición en Mataró tituladaModernitat amagada.

Alicia Kopf (Girona, 1981) es licenciada en Bellas Artes y en Literatura Comparada por la Universitat de Barcelona, además de tener el Diploma de Estudios Avanzados del doctorado sobre Arte en la Era Digital de la UB. Kopf toca diferentes soportes y medios para acabar con proyectos narrativos como Modos de (no) entrar en casa, que abordaba las diferentes situaciones de precariedad juvenil, o Àrticàntartic, donde trata el tema de la exploración polar convirtiendo un relato histórico en un relato en primera persona sobre la resistencia y la idea de conquista interior y que, entre otras, ha contado con una obra dentro de la exposición colectiva Fugues (Fundació Tàpies, noviembre-diciembre del 2013) de proyectos seleccionados de la Sala d’Art Jove y que posteriormente ha sido incluida dentro del ciclo Manual de l’artista líquid del IGAC (Informació Girona Art Contemporani).

Uno de los vértices del proyecto es la exposición Seals sounds under the floor, que tuvo lugar del 5 al 20 de septiembre en la Galería Joan Prats. Se trata de una exploración sobre la exploración, sobre el esfuerzo que implica, sobre la soledad del corredor de fondo del investigador, sobre el papel de la imaginación creativa que diría Bachelard, sobre los espacios intersticiales (antes tránsitos, ahora lugares habitables), sobre la autoficción, sobre las grandes aventuras en un contexto donde la única épica que se pone en juego a diario es la curva de la bolsa y las páginas de las necrológicas de los periódicos. En la exposición se podía encontrar al capitán Shackleton, Moby Dick, los grandes exploradores del pasado o la voz de Alicia Kopf abriéndose paso entre el hielo. Kopf parte de la épica poética, la que nos permite resistir día a día.

Otra artista que mezcla lo personal imaginado y la contingencia es Laia Estruch, centrada en las performances sencillas y la comunicación con los espectadores (The announcementJingle65), el azar (Serendipity) o el acontecer (Know). Este vínculo con lo personal también lo desarrolla en En lloc d’actuar, fabulo, pero llevándolo al terreno de la autoficción, como Alicia Kopf, en estos frágiles intersticios donde lo personal y lo público acaban tiñiéndose o destiñéndose mutuamente.

Mar Arza (Barcelona, 1976,) será una de las artistas que formará parte del ciclo Blanc sota negre que tendrá lugar en el espacio archivo de Arts Santa Mònica comisariado por Joana Masó y Assumpta Bassas. El turno de Arza en el ciclo, que dura todo el año, será en marzo, y se podrán ver obras inéditas y parte de sus últimos trabajos.

Arza adopta el minimalismo como puesta en escena de sus obras, juega con el papel y el corte y con el cosido, y con las palabras como un cosido o descosido del sentido (Nada era la heridaEn lugar de nadaAsombrosStatement SeriesIncísFemme couteau). Su obra es un despliegue poético de la naturaleza frágil de la existencia (metaforizado en la vaina en Nora y Femme gaine), es el inciso de la obra y su mensaje en el espacio, en la realidad, como una emanación sutil y transitoria, pidiendo al espectador una mirada atenta, sedienta de sentido, incluso en Avenç, donde abre una cuenta corriente para ahorrar palabras, o infiltrando -en Lectura estimada– un poema en una factura de la luz. Todo un poco a la manera de aquellos versos de Joan Vinyoli: “Assajo mots per fer-me un trampolí/ vers l’àmbit líric i assajar un trapezi/ de la metàfora, en el buit, un salt mortal/ per assolir una mica de realitat/ fora del temps”.

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