La sonrisa permanente

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Retrato de muchacho con dibujo, óleo sobre madera (37 x 29 cm), obra del pintor italiano Giovanni Francesco Caroto, realizada entre 1515 y 1520 y expuesta hoy en el Museo de Castelvecchio de Verona.

Un niño sonriente nos mira mientras sostiene lo que aparentemente es un autorretrato suyo hecho al lápiz o al carbón. Qué cuadro más extraño y más hermoso. La obra se conforma en varias alegorías: El arte (la pintura de Caroto) embellece la inocencia natural; el arte disipa la oscuridad de las imágenes no artísticas (el tosco dibujo del muchacho); el arte (acaso algo diabólicamente, dado lo pelirrojo) engaña a los sentidos apropiándose de la realidad para convertirla en fantasía.

Pero este niño es peculiar. Padece el Síndrome de Angelman, una enfermedad de causa genética que se caracteriza por un retraso en el desarrollo, una capacidad lingüística reducida o nula, escasa receptividad comunicativa y coordinación motriz, problemas de equilibrio y movimiento, ataxia, y, aún más importante para los que nos atañe, un estado aparente de alegría constante, con rostros expresando siempre risas y sonrisas. La sonrisa del muchacho es permanente.

El dibujo que sostiene es la visión que tiene de sí mismo: esquifido, desajustado, desabrido. Ya no hay sonrisa en el rostro sino una mueca agria; ya no hay color, ya no hay amaneramiento. El pintor interrumpe la ficción de la pintura para dar espacio al documento. El niño aprovecha la pintura para dar salida a su realidad. Ambos obstruyen, mediante una ventriloquía mutua, una comunicación engrasada de “likes”, de percepciones siempre positivas tratándose de retratos. Aquí las percepciones quedan dislocadas. Sabemos que el muchacho no sonríe. También lo sabe el pintor y por eso deshace cualquier atisbo de inocencia. Ahí está la verdad y el engaño, en plena colisión. No son las imágenes las que nos hacen ciegos, es el arte; pero, al mismo tiempo, es el arte el que aclara algunas imágenes. Así, la pintura de Caroto podría parecer el retrato de un muchacho enfermo, pero es, en realidad, el retrato de la ficción última del arte. Como aquella obra de Mark Tansey, Action Painting (1984), en la que describe hábilmente la paradoja de la pintura a la hora de captar la realidad.

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