“Sobre la servidumbre voluntaria” de Étienne de La Boétie

SOBRE LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA
Étienne de La Boétie (hacia 1548)
Gracias a Joana Masó por el pase.

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No es bueno el gobierno de muchos: uno solo el caudillo supremo y soberano de todos sea.

Eso dice Ulises en Homero hablando en público. Si se limitara a decir:

No es bueno el gobierno de muchos: hubiera felizmente expresado su concepto; pero al conceder que el dominio de muchos dado que el de uno solo no era bueno, era duro e irracional desde el instante que se revestía del título de soberano parece contradictorio el añadir: Que uno solo el caudillo supremo y soberano de todos sea.

Sin embargo, puede excusarse este lenguaje en Ulises si se atiende a la necesidad que tuvo de usarlo creo, para apaciguar las disensiones del ejército: sus discursos eran más bien efecto de las circunstancias que de la convicción; pues hablando con imparcialidad, siempre es una fatalidad tener que estar sujeto a un dueño, cuya bondad no ofrece más garantías que su capricho: y el depender de muchos es tener que sobrellevar otras tantas desgracias. Prescindamos por ahora de entrar a debatir la intrincada cuestión de si las demás formas de república son preferibles a una monarquía; en este caso, debiera tratarse como preliminar qué categoría debe tener la monarquía entre las repúblicas si es que ha de tener alguna; pues la razón se resiste a creer que haya cosa “pública” en un gobierno que depende exclusivamente de una sola y absoluta voluntad. Pero esta discusión queda para otro punto y requiere un tratado particular, o más bien traería todas las disputas políticas. De lo que aquí se trata es de averiguar cómo tantos hombres, tantas ciudades y tantas naciones se sujetan a veces al yugo de un solo tirano, que no tiene mas poder que el que le quieren dar; que sólo puede molestarles mientras quieran soportarlo; que sólo sabe dañarles cuando prefieren sufrirlo que contradecirle. Cosa admirable y dolorosa es, aunque harto común, ver a un millón de millones de hombres servir miserablemente y doblar la cerviz bajo el yugo, sin que una gran fuerza se lo imponga, y si solo alucinados al parecer por el nombre Uno, cuyo poder ni debería ser temible por ser de uno solo, ni apreciables sus cualidades por ser inhumano y cruel. Tal es empero la debilidad de los hombres que algunas veces es preciso el ceder a la fuerza, necesario el contemporizar en otras; no siempre podemos ser los mas fuertes. Así, cuando una nación se ve obligada por la fuerza de las armas a servir a Uno, como la ciudad de Atenas a los Treinta tiranos, no debe admirarnos su servidumbre, antes bien debemos lamentarnos del fatal accidente que la ha causado; y aún será mejor ni sorprendernos ni lamentarnos, sino tomarlo con resignación y prepararse para mejorar de fortuna en el porvenir. Nuestra naturaleza es tal que frecuentemente sacrificamos con gusto una buena parte de nuestra vida en los deberes recíprocos de la amistad; amar la virtud, apreciar los nobles hechos, manifestarnos reconocidos a la mano que nos ha dispensado bienes, y privarnos hasta de nuestros placeres para aumentar la gloria y progresos de aquellas personas que se han hecho acreedoras a nuestro aprecio, es correspondencia tan justa como arreglada a la razón. Con todo, cuando un país tenga la dicha de poseer un gran hombre que se haya distinguido por su previsión en conservarlo, por su intrepidez en defenderlo y por su sabiduría en gobernarlo, no me atrevo a considerar prudente lanzarse a su obediencia y entregarse ciegamente a su dominio, quitándole de un lugar donde brillaba por sus virtudes, para elevarle a un puesto donde pueda obrar mal.

¡Quién sabe si esta generosidad se convertiría en daño propio trocándose los bienes en males! Por más que sea bastante verosímil no temer ningún mal de quien siempre ha obrado bien.

Mas ¡Oh buen Dios! ¿Qué título daremos a la suerte fatal que agobia a la humanidad? ¿Por qué desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes, sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? Sufriendo los saqueos, las torpezas y las crueldades, no de un ejército enemigo, ni de una legión de bárbaros, contra los cuales hubiera que arriesgar la sangre y la vida, sino de Uno solo, que no es ni un Hércules ni un Sansón; de un hombrecillo, y con frecuencia el más cobarde y afeminado de la nación, que sin haber visto el polvo de las batallas, ni haber siquiera lidiado en los torneos, aspira nada menos que a gobernar los hombres por la fuerza, incapaz como es de servir vilmente a la menor mujercilla ¿Llamaremos a eso cobardía? ¿Llamaremos cobardes a los que así se dejan envilecer? Que dos, tres o cuatro personas no se defiendan de uno solo, extraña cosa es, mas no imposible porque puede faltarles el valor. Pero que ciento o mil sufran el yugo de Uno solo, ¿no debe atribuirse más bien a desprecio y apatía que a falta de voluntad y de ánimo? Y si vemos no ciento, ni mil hombres, sino cien naciones, mil ciudades, un millón de hombres, dejar de acometer a Uno solo y prestarle vasallaje, mientras que éste los trata peor que infelices esclavos, ¿diremos que sea por debilidad? Todos los extremos tienen sus límites: dos y aún diez pueden temer a Uno; pero no será por cobardía el que mil, un millón, un sinnúmero de ciudades, no se defiendan de él, puesto que la cobardía no puede llegar hasta este punto, así como el valor no se extiende tampoco a que uno solo asalte una fortaleza, acometa a un ejército o conquiste un reino. ¿Qué monstruosidad pues será ésta que, ni el título merece de cobardía que no halla nombre lo bastante vil, que por su bajeza se resiste la naturaleza a conocerla y la lengua a pronunciarla? Póngase cincuenta mil hombres para combatir contra otros cincuenta mil; dispóngase la batalla y llegue el momento de acometerse, los unos peleando por su libertad y los otros para arrebatársela; ¿A favor de qué partido se prevee la victoria? ¿cuáles irán más animosos al combate, los que aspiran al mantenimiento de la libertad en recompensa de sus sacrificios, o los que van a derramar su sangre para vivir en esclavitud? Los primeros fijan la vista en la felicidad de su vida pasada y en la esperanza de un lisonjero porvenir; tienen en nada las privaciones y penalidades inseparables de la guerra, comparándolas con los males que la servidumbre acarrearía a ellos, a sus hijos y a toda su posteridad. A los segundos no hay cosa que los anime salvo una miserable codicia, incapaz de hacer frente al peligro y que nunca puede ser tan ardiente que no la apague una sola gota de sangre manada de sus heridas. Dos mil años cuentan de fecha las célebres batallas de Milciades, Leónidas y Temístocles, y las historias nos las refieren tan a menudo y con tal entusiasmo, que excitando nuestra admiración, nos parecen tan recientes como si se hubieran dado el día anterior. Ellas aseguraron la independencia de Grecia y aún sirven de modelo a todo el mundo. ¿Y cuál fué el aliciente que pudo excitar la bravura de tan corto número de griegos e infundirles valor para enfrentarse a tan poderosas fuerzas navales, que incluso el mar no soportaba el peso, y para derrotar ejércitos tan numerosos que todo el escuadrón de los griegos apenas habría bastado para llenar las plazas de oficiales de las huestes enemigas? Fué el deseo de mantener su libertad: fué porque en aquellas gloriosas jornadas los griegos no combatieron contra los persas únicamente; en ellas triunfó la Libertad sobre el Despotismo, el Derecho sobre la Usurpación.

Admirable es el prodigio que obra la libertad en el corazón de sus defensores. Pero lo que sucede en todos los países, con todos los hombres y todos los días, que un solo hombre pueda esclavizar cien mil ciudades y privarlas de sus derechos. ¡Quién lo creyera a no haberlo oído con certeza o visto con sus propios ojos! Si se refiriera únicamente como cosa acontecida en países extraños y tierras remotas, se creería más bien ser un esfuerzo de invención que el puro idioma de la verdad. Pero ello es así, y aún más prodigioso si se considera que este tirano sería destruido por sí mismo, sin necesidad de combate ni de defensa, con tal que el país no consintiera en sufrir su yugo; no quitándole nada sino con dejar de darle. Si un país trata de no hacer ningún acto que pueda favorecer al despotismo, basta y aún sobra para asegurar su independencia. Los pueblos deben atribuirse a sí mismos la culpa si sufren el dominio de un bárbaro opresor, pues que cesando de prestar sus propios auxilios al que los tiraniza recobrarían fácilmente su libertad. Es el pueblo quien se esclaviza y suicida cuando, pudiendo escoger entre la servidumbre y la libertad, prefiere abandonar los derechos que recibió de la naturaleza para cargar con un yugo que causa su daño y le embrutece. A ser necesario un gran esfuerzo para recobrar la libertad, no fueran tan vivas y justas mis reconvenciones. No hay cosa más dulce para el hombre que reponerse en su derecho natural, o por decirlo mejor, de bruto pasar a ser hombre. Con todo, no exijo de él tanto arrojo, acepto que prefiera no sé qué seguridad viviendo en la miseria a la dudosa esperanza de vivir a su antojo. ¿Acaso no se consigue la libertad con sólo desearla? Y si basta un simple deseo, ¿qué nación habrá en el globo que aún la considere demasiado cara, pudiéndola obtener con sólo quererla? ¿Habrá voluntad a que repugne el recobrar un bien tan precioso aún al precio de su sangre y que una vez perdido, toda persona de honor no soporta su existencia sino con tedio y espera la muerte con regocijo? A manera que el fuego de una pequeña chispa se hace grande y toma fuerza a proporción de los combustibles que encuentra, y con sólo no darle pábulo se acaba por si mismo perdiendo la forma y nombre de fuego sin necesidad de echarle agua; así los tiranos a quienes se les sirve y se adula cuantos más tributos exigen, más poblaciones saquean y más fortunas arruinan, así se fortifican y se vuelven más fuertes y frescos para aniquilarlo y destruirlo todo; cuando, con sólo no obedecerles y dejando de lisonjearles, sin pelear y sin el menor esfuerzo, quedarían desnudos y derrotados, reducidos otra vez a la nada de que salieron. Cuando la raíz no tiene jugo bien pronto la rama se vuelve seca y muerta.

Para conseguir el bien que desea, el hombre emprendedor no teme ningún peligro, el trabajador no escatima ningún esfuerzo. Sólo los cobardes y los perezosos no saben ni soportar el mal, ni recobrar el bien que se limitan a desear. La energía de procurárselo se la roba su propia cobardía; no les queda más que el natural anhelo de poseerlo. Este deseo, esta voluntad innata común a los sabios y a los locos, a los audaces y a los cobardes, les hace apetecer todas aquellas cosas cuya posesión les haría felices y contentos. Hay una sola que los hombres, no se por qué, no tienen ni siquiera fuerza para desearla. Es la libertad, ese bien tan grande y dulce, que cuando se pierde, todos los males sobrevienen y que, sin ella, todos los otros bienes, corrompidos por la servidumbre, pierden enteramente su gusto y sabor. Sólo a la libertad los hombres la desdeñan, únicamente, a lo que me parece, porque si la deseasen la tendrían: como si se rehusasen a hacer esa preciosa conquista porque es demasiado fácil.

¡Hombres miserables, pueblos insensatos, naciones envejecidas en vuestros males y ciegas cuando se trata de vuestra felicidad! ¿Cómo os dejáis arrebatar lo más pingüe de vuestras rentas, talar vuestros campos, robar vuestras casas y despojarlas de los muebles que heredasteis de vuestros antepasados? Vivís de manera que pudierais asegurar que nada poseéis, y aún tendríais a gran dicha el ser verdaderos propietarios de la mitad de vuestros bienes, de vuestros hijos y hasta de vuestra propia existencia. ¿De qué provendrá esta calamidad, este estrago, esta ruina? ¿Acaso de los enemigos? No por cierto: pero sí proviene del enemigo, de aquel Uno que vosotros engrandecéis, de aquel por quien os sacrificáis tan valerosamente en la guerra, ofreciendo vuestros pechos a la muerte para conservarle en su tiranía. Este poderoso que os avasalla, este tirano que os oprime, sólo tiene dos ojos, dos manos, un cuerpo, ni más ni menos que el, hombre más insignificante de vuestras ciudades. Si en algo os aventaja es en el poder que le habéis consentido de destruirnos. ¿De dónde adquiriera él tantos ojos para acecharos si vosotros no se los facilitaseis? ¿Cómo tuviera tantas manos para subyugaros si no las tomara de entre vosotros? ¿Con qué pies hoyara vuestras ciudades sino con los vuestros? ¿Cómo ejerciere el despotismo sobre vosotros sino mediante vosotros? ¿Cómo se atrevería a perseguiros sino estuviera de acuerdo con vosotros? ¿Qué mal pudiera haceros a no constituiros en encubridores de sus rapiñas, cómplices del asesino que os mata y traidores a vosotros mismos? Sembráis, y 61 recoge el fruto de vuestros sudores; adornáis las habitaciones, y él dispone de vuestros muebles; educáis hijas honestas y tímidas, y las sacrifica a su lujuria; alimentáis a vuestros hijos y 61 os los arrebata para llevárselos a sus guerras y conducirles al matadero después de haber servido a sus antojos y ejecutado sus venganzas: vosotros sufrís todo el peso del trabajo, y 61 a costa de vuestros afanes nada entre infames delicias y viles placeres; vosotros os debilitáis mientras él se robustece para mejor oprimiros. Y cuando para libraros de tanta infamia, que hasta los animales se avergonzaran de sufrirla a ser capaces de conocerla, os basta no solo con intentar libraros de él, sino con querer hacerlo ¿permanecéis no obstante indiferentes y fríos espectadores de vuestra deshonra? Resolveos a no ser esclavos y seréis libres. No se necesita para esto pulverizar el ídolo, será suficiente no querer adorarlo; el coloso se desploma y queda hecho pedazos por su propio peso, cuando la base en que se sostenía llega a faltarle.

Pero los médicos aconsejan no poner la mano en heridas incurables; y no es obrar con acierto aconsejar a los pueblos la reivindicación de la libertad que consintieron perder y ya que no notan su mal, ello muestra de sobras que su enfermedad es mortal. Indaguemos no obstante cómo pudo el servilismo echar tan profundas raíces hasta el extremo de que incluso el amor por la libertad dejó de ser un sentimiento natural.

En primer lugar es indudable que a conservar los derechos y lecciones que recibimos de la naturaleza, seríamos naturalmente obedientes hacia nuestros padres, estaríamos sujetos a la razón, y no seríamos esclavos de nadie. De la obediencia que sin más advertencias se tiene hacia el padre y la madre todos los hombres la atestiguan. De si la razón nace o no con nosotros, cuestión más que suficientemente discutida por los académicos y ventilada por los filósofos, por mi parte no creo aventurar mi juicio asegurando que hay en nuestra alma cierta semilla natural de razón, que cultivada por el consejo y la costumbre produce la virtud, y que por otra parte muere ahogada cuando los vicios la invaden. Mas, en lo que todo el mundo conviene es en que la naturaleza, ministro de Dios y gobernadora de los hombres, a todos nos ha hecho iguales y al parecer con un mismo molde, como para darnos a entender de que todos somos compañeros o todos somos hermanos. Y si en el reparto desigual de las dotes, ya del espíritu, ya del cuerpo, no ha intentado abrir un campo de batalla y no envió aquí abajo a los más fuertes ni a los más astutos como facinerosos armados en un bosque que puedan disponer a su antojo de los más débiles, más bien parece que con la diferencia de fortunas y de fuerzas ha querido dar lugar a ejercer el amor fraternal, concediendo a unos la facultad de dar y a otros la necesidad de recibir. Y ya que la buena madre naturaleza nos ha dado a todos toda la tierra por morada, nos ha ofrecido un mismo alojamiento y nos ha vaciado en un mismo molde a fin de que cada particular se vea representado en la persona de su semejante; ya que nos ha concedido la excelente dádiva de la voz y de la palabra para mejor fraternizar y hacer mediante la común y recíproca declaración de nuestros pensamientos, una comunión de nuestras voluntades; ya que ha tratado de estrechar nuestra alianza inspirándonos inclinación a la sociedad, ya que todas las cosas manifiestan que no nos han hecho tanto para estar unidos como para ser unos, ¿dudaremos todavía de que todos somos naturalmente libres, siendo todos compañeros? No, el entendimiento humano se resiste a aceptar que la naturaleza pueda tolerar la esclavitud habiendo grabado tan profundamente en nuestros corazones el eterno principio de la igualdad.

Pero inútil es debatir si la Libertad es natural al hombre, cuando está probado que el estado de la esclavitud es un ultraje hecho a su naturaleza y a su amor propio. Lo que falta ahora es manifestar que, no tan solo estamos en absoluta posesión de nuestros derechos, sino que también se alimenta en nosotros una vehemente inclinación a defenderlos. Si dudamos de este axioma, si somos tan brutos que llegamos hasta el extremo de desconocer nuestras necias inclinaciones, fuerza me será trataros como os corresponde haciéndoos tomar lecciones de las bestias, y aprender de ellas exactas doctrinas sobre vuestra naturaleza y condición. A no estar tan sordos los hombres, oirían que los animales por todas partes les gritan “Viva la libertad”. Muchos de ellos mueren al punto que son cogidos; como el pez que pierde la vida tan pronto le falta el agua, asimismo los hay que perecen apenas sienten la oscuridad de su cautiverio y no quieren sobrevivir a la pérdida de su natural libertad. A tener los irracionales preeminencias y categorías, seguramente que en el goce de mayor libertad fundaran su primer título de nobleza. Una gran parte de ellos, grandes como pequeños, si quieren cogerlos, se resisten en cuanto alcanzan sus fuerzas, valiéndose de las unas, cuernos, picos y patas para manifestar cuán cara le es su independencia amenazada. Y cuando están ya cogidos, ¿qué señales tan evidentes no nos dan del dolor que sienten por sus desgracias? Ni los halagos ni la buena comida ni cuantas ventajas pueden seducir al hombre son capaces de indemnizar a una simple avecilla de la pérdida de su amada libertad, cuyo lenguaje mudo pero elocuente, bien nos da a entender que prefiere antes la muerte que vivir oprimida; y que a partir de ahora más que vivir languidece mientras existe, continuamente se lamenta del bien que ha perdido, nunca se complace en la esclavitud. ¿Y qué otra cosa nos indica el elefante cuando viéndose próximo a ser presa del cazador, después de haberse defendido hasta más no poder, mete sus quijadas en el tronco de un árbol y arranca sus colmillos como para negociar con sus perseguidores y comprarles en cierto modo su libertad al precio del marfil que les cede a toda costa? Tenemos que domar el caballo desde que nace para acostumbrarle a estar subyugado; y por más que le acariciemos, siempre muerde el freno y se resiste a la espuela para manifestarnos en algún modo que su naturaleza repugna la esclavitud, y que si la sufre no es de su agrado, sino por el dominio que en él ejerce nuestra violencia. Cuan cierto es:

Que hasta los bueyes gimen bajo el yugo, y los pájaros se lamentan en la jaula.

De esto se deduce que todos los seres siente el peso de la sujeción y corren en pos de la libertad. Y puesto que hasta los animales destinados al servicio del hombre no pueden acostumbrarse a la esclavitud, antes bien declaran su deseo de sacudirla, ¿qué fatalidad pues ha podido desnaturalizar al hombre, único nacido para vivir libremente, hasta el punto de borrarle de la memoria la dignidad de su ser primitivo y el deseo de recobrarlo?

Tres clases hay de tiranos (hablo de los malos príncipes): unos adquieren el poder por elección popular; otros por la fuerza de las armas, y los más por sucesión hereditaria. Los que lo adquirieron por el derecho de la guerra, arreglan su conducta según su carácter más o menos sanguinario, más o menos cruel, y obran, según suele decirse, como en país conquistado. Los que nacen reyes no son generalmente mejores, porque nacidos y alimentados en el seno de la tiranía, maman con la leche la naturaleza de tiranos y miran a los pueblos como un rebaño de ovejas que han heredado; y a tenor de su inclinación a la avaricia o a la disipación, disponen del reino como un particular de su patrimonio. El que es monarca por el pueblo, parece que debiera ser el más tolerable; e indudablemente lo fuera si al verse elevado por sobre los demás, alucinado por ese no sé qué que llaman “grandeza`, decide no moverse de ahí olvidando que todo lo debe a la voluntad de sus conciudadanos. Pero es cosa muy común a esta clase de tiranos mirar luego como una propiedad lo que únicamente recibieron por gracia de los pueblos; y deseando vincularla en su familia, se valen de una política astuta y falaz, abren la puerta a toda clase de vicios, de excesos, de crímenes y crueldades. Y para asegurar más y más su nueva tiranía no hallan mejor recurso que extender tanto la servidumbre y apartar tanto a sus súbditos de la libertad que, aunque esté fresco el recuerdo puedan hacérselo perder. Así, a decir verdad, advierto que hay entre ellos alguna diferencia pero no opción a hacer pues, siendo distintos los modos de tomar las riendas, casi siempre el modo de reinar es parecido. Los elegidos, tratan a los pueblos como a toros que deben domarse; los conquistadores, disponen de ellos como de una presa que les pertenece, y los herederos les reducen a la clase de esclavos naturales.

Si fuera posible que apareciesen algunas gentes completamente nuevas, ni acostumbradas a la sujeción ni cebadas en la libertad, y que ignorando hasta el nombre de estas dos calidades, se les propusiera ser esclavos o libres, ¿qué partido escogerían? Poca lógica es menester para no atinar que más bien preferirían obedecer a la sola razón antes que sujetarse a un hombre, a menos que fueran los israelitas que, sin motivo ni forzados, se dieron un tirano, Saúl, y cuya historia nunca leo sin experimentar un gran despecho que me llevaría casi a volverme inhumano y alegrarme de sus posteriores males. La violencia y el engaño son los medios que más comúnmente suelen emplearse para entronizar la esclavitud, y seguramente que los hombres, mientras les queda algo de hombre, cuando se dejan avasallar no ceden a otras causas: a la violencia, como los Espartanos y Atenienses cuando se vieron obligados a rendirse a las armas de Alejandro, o como el Señorío de Atenas cuando mucho antes las facciones le hicieron caer en manos de Pisístrato: al engaño, por cuanto el pueblo es muy propenso a dejarse seducir, y con bastante frecuencia se engaña 61 a sí mismo. El pueblo de Siracusa, ciudad capital de la Sicilia, estrechado por las guerras, tratando únicamente de librarse del peligro, llamó a Dionisio el Viejo y le confió el mando de su ejército. Pródiga en tributarle honores y poder, no vió que al llegar victorioso y tratando como despojos no a sus enemigos, sino a sus generosos ciudadanos, se constituirla de capitán a rey, y de rey a tirano. A penas puede creerse la facilidad con que el vasallo olvida el don de la libertad, su apatía el recobrarla y la naturalidad con que se sujeta a la esclavitud, que se diría que no ha perdido su libertad sino ganado su esclavitud. Es cierto que las primeras víctimas del despotismo lo sufren con violencia; pero los que nacen después de ellas, como no han disfrutado de la libertad, ni saben en qué consiste, sirven sin repugnancia y hacen de buena gana lo que sus pasados sólo hicieron a la fuerza. Esto proviene de que naciendo los hombres bajo el yugo, crecen y se desarrollan con él, no miran más adelante y se complacen en vivir como han nacido, sin pensar en otro derecho ni otra felicidad que la que han encontrado, y llegando finalmente a persuadirse de que el estado de su nacimiento es el de su naturaleza. ¡Cosa extraña, cuando por otra parte no hay heredero por descuidado y pródigo que sea, que no examine alguna vez sus papeles para asegurarse de si disfruta de todos los derechos de su sucesión, o si una mano usurpadora le privó de algunos de ellos a si o a sus antecesores! Pero tal es la fuerza de la costumbre, que ejerciendo un dominio irresistible sobre todos los actos de nuestra vida, parece que en ninguno ha puesto tanto empeño como en enseñarnos a ser esclavos. Del modo que Mitrídates se acostumbró paulatinamente a beber el veneno, nos familiarizamos en tragar sin encontrar amargo el veneno de la esclavitud. No se puede negar que depende en gran parte de la naturaleza el nacer en un país libre o esclavo; más es preciso confesar que tiene menos poder sobre nosotros que la costumbre; un bien natural, por excelente que sea, degenera cuando no es bien dirigido, y los hábitos de nuestra juventud nos arrastran siempre a su antojo a pesar de la naturaleza. La semilla del bien que la naturaleza ha sembrado en nosotros son tan sutiles que las arrebata al menor huracán: no son tan susceptibles de conservarse como de corromperse, de arraigarse como de reducirse a la nada. Los hombres son ni más ni menos como los árboles frutales que conservan su naturaleza particular mientras les dejan crecer libres, pero que se adulteran y dan frutas extrañas en el momento que se injertan. La plantas y las hierbas tienen cada una su propiedad, su naturaleza y su singularidad; más no obstante, el hielo, el rigor de las estaciones, los terrenos, y el mayor o menor trabajo en su cultivo contribuyen a aumentar o disminuir su virtud. La planta trasplantada es apenas conocida. ¿Quién no admira a los Venecianos, un puñado de hombres, viviendo tan libres que el más ínfimo de ellos rehusaría ser rey? Educados sin más ambición que la de conservar su libertad, libres desde la cuna, todas las felicidades de la tierra no les compensarían de la pérdida de sus derechos. Si estas gentes se trasladasen a los dominios del que llamamos Gran Señor, al ver una porción de esclavos que sólo quieren haber nacido para servirle y que para mantenerlo sacrifican hasta su vida, ¿no pensarían habitar entre individuos de diferente naturaleza, o más bien que dejando una ciudad de hombres, se habrían trasladado a un coto de bestias? Cuéntase que Licurgo, legislador de Esparta, había criado dos perros nacidos de una misma madre y alimentados de una misma leche: el uno engordó en la cocina mientras que el otro corría por las selvas siguiendo el sonido de la corneta. Queriendo manifestar al pueblo de Lacedemonia que los hombres viven según fueron educados, puso ambos perros en medio de la plaza y colocó junto a ellos un plato de sopa y una liebre: el primero se arrojó sobre el plato, y el segundo acometió a la liebre: “¡Veis, les dice, y con todo son hermanos:” Así, con sus leyes y política supo ganar tan felizmente el espíritu de los Lacedemonios que cada uno de ellos hubiera sacrificado mil veces la vida antes que reconocer más señor que la Ley y la razón.

Referiré con placer un caso que conservaban perfectamente en su memoria los favoritos de Jerjes, poderoso monarca de los persas, con respecto a los Espartanos. Al tiempo que Jerjes disponía un formidable ejército para emprender la conquista de Grecia, envió embajadores a las ciudades griegas, pidiéndoles agua y tierras (por ser el estilo con que los persas solían intimar la rendición); pero se abstuvo de hacerlo con Esparta y Atenas, porque se acordaba de que, habiendo hecho su padre Darío igual intimación a los Atenienses y Espartanos, de sus enviados, los unos habían sido arrojados a los fosos y los otros precipitados en pozos, diciéndoles que tomaran allí el agua y la tierra que pedían en nombre de su soberano. Aquellos ciudadanos no podían sufrir que se atentase a su libertad en lo más mínimo, ni aún sólo de palabra. Algún tiempo después, repararon los Espartanos que con esta acción se habían atraído la indignación de los Dioses, especialmente de Taltibio, dios de los Heraldos. Para aplacarlos se apresuraron a enviar dos ciudadanos a discreción de Jerjes, en satisfacción de la muerte que sufrieron los embajadores de su padre. Dos espartanos, llamados el uno Esperto y el otro Bulis, se ofrecieron voluntariamente para este sacrificio. Marcharon, y al llegar al palacio de un sátrapa persa, que se llamaba Hydarnes, gobernador de todas las ciudades marítimas del Asia, fueron recibidos con particular obsequio. Después de haber tratado de varios asuntos, preguntándoles el gobernador porque rehusaban los griegos con tanto empeño la amistad del rey: “Espartanos, creedme, les dijo, y aprended en mí del modo con que sabe honrar el soberano a sus fieles servidores, y no dudéis que igual recompensa recibirán vuestros servicios; si fuerais hechuras de tan gran monarca cada uno de vosotros sería señor de una ciudad de Grecia”. “Hydarnes, contestaron los Lacedemonios, agradecemos pero no aceptamos tus consejos; tú solo nos prometes el bien que has disfrutado pero no conoces todos los quilates del que nosotros poseemos; has gustado del favor del rey; pero, para saber en qué consiste nuestra dicha debieras haber gustado antes de las dulzuras de la Libertad. Si tu hubieras empezado por disfrutarla, nos aconsejarías tú mismo defenderla no solo con la lanza y el escudo, sino también con los dientes y uñas.” El espartano dijo en esto lo que debía decir; pero seguramente que uno y otro hablaban según los principios que habían recibido: el persa no menos la libertad no habiéndola conocido, ni el lacedemonio avenirse con la servidumbre habiendo disfrutado de la libertad.

Catón de Utica, siendo aún niño de escuela, frecuentaba con intimidad la casa del dictador Sila, donde tenía entrada franca, tanto por el rango de su familia, como por los lazos de parentesco que le unían, acompañado por su preceptor, como era de costumbre. Observó que en presencia del mismo Sila y de orden suya, los unos eran encarcelados, sentenciados los otros; aquel desterrado, éste condenado a muerte; rodeado de infames delatores ‘y de hombres viles; ya se pedía la confiscación de bienes, ya la cabeza de un ciudadano; en suma, el dictador era el tirano de su pueblo, y su palacio transformado de un alcázar de la Justicia, en una caverna de la tiranía. Indignado este noble niño a la vista de un espectáculo tan atroz, dice a su maestro: “Dame un puñal; lo ocultaré debajo de mi túnica, y como yo entro a cualquier hora en el aposento de Sila, miraré de sorprenderle antes que despierte; tengo el brazo lo bastante fuerte para librar de él la ciudad”. Palabras verdaderamente propias de Catón, indicios de un héroe digno de la muerte que tuvo. Y aunque la historia no nos dijera ni su nombre, ni su país, con sólo referir este hecho, se conociera al instante que era romano, y romano nacido en Roma libre. ¿Por qué digo esto? No porque juzgue la naturaleza o el clima de un país tenga en ello la menor influencia, ya que en todos los pueblos y bajo cielos distintos, siempre es amarga la servidumbre y halagüeña la libertad, sino porque considero dignos de compasión y de disculpa aquellos que nacen con la cerviz inclinada bajo el yugo; porque como no han vislumbrado tan siquiera una sombra de la libertad, no se dan cuenta de los males que les acarrea la Se parecen a los Cimerianos de que habla Homero, cuyo país ilumina el sol por espacio de seis meses continuos, dejándoles la otra mitad del año envueltos en las tinieblas. ¿No es verdad que los que nacen durante aquella larga noche, si no oyeran hablar de la luz y no vieran el día, se familiarizarían de tal modo con las tinieblas que ni deseos tendrían de ver los rayos del sol? Nunca se echa de menos lo que no se ha gozado; la nostalgia viene después de los placeres; la aflicción acompaña al conocimiento del bien que se ha perdido, y el recuerdo de la alegría pasada es inseparable de la felicidad que se desea conservar. El hombre es naturalmente libre y quiere serlo, pero es tal su naturaleza que se amolda muy fácilmente a la educación que se le quiere dar.

Al modo que al hombre se le hace natural todo aquello que adquiere con la educación y la costumbre, también el primer impulso de la servidumbre voluntaria es constantemente un efecto del hábito que contrae la niñez; como, por ejemplo, los más briosos caballos, que si bien al principio tascan el freno, luego después juegan con él; y aquellos mismos caballos que dan coces apenas ven la silla, con el tiempo sufren con la mayor mansedumbre hasta la albarda. Apenas empieza el hombre a tener uso de razón dícenle que es vasallo de un soberano, que sus padres también lo son, y creen que han de aguantar el mal y lo confirman con varios ejemplos, y sobre todo con la autoridad de los siglos; como si un largo sufrimiento diera derecho para que Uno pueda tiranizar a sus semejantes. El tiempo no da jamás derecho a obrar mal, antes bien, aumenta el peso de la injuria. Hay no obstante algunas almas, bien que pocas, más privilegiadas que las otras, que notan el peso del yugo y procuran sacudirlo: semejantes a Ulises que buscaba por mar y tierra el humo de su hogar, no pueden renunciar ni a su modo de pensar ni a sus privilegios naturales, sino recordar a sus antepasados, y a su ser primitivo. Este conocimiento es reservado para aquellos, que dotados de un entendimiento claro y de un espíritu noble, no se contentan como el populacho mirando lo presente, sino que fijan la vista en lo pasado para juzgar de lo venidero, y medir su estado natural. Estos, además de tener la cabeza bien organizada, la han cultivado con el estudio de las ciencias, de manera que aún cuando llegara a perderse del todo la libertad, pensando en ella, sintiéndola en su alma, saboreándola, nunca pudieran avenirse con la esclavitud por más que la ataviaran.

Bien advirtió el Gran Turco que pueden más los libros y la instrucción que cualquier otra cosa para fomentar entre los hombres el sentido de reconocerse y el odio a la tiranía. Por esto no permite en sus estados otros sabios más que aquellos que pueden lisonjear su despotismo. Por más que la libertad tenga muchos celosos partidarios no resulta de ello ningún efecto por la imposibilidad de conocerse y comunicarse las ideas: el tirano les priva de toda libertad, de obrar, de hablar y hasta de discurrir; sus pensamientos no pasan de ellos mismos. Momo no se burló aún lo bastante del hombre fabricado por Vulcano porque le faltaba una ventanilla en el corazón por donde pudieran descubrirse sus deseos. Se supone que Bruto y Casio, cuando resolvieron libertar a Roma, o más bien a todo el mundo, no contaron con Cicerón, celoso defensor de los derechos del pueblo, si lo fue, persuadidos de que su corazón no era bastante fuerte para tan elevada empresa. No dudaron de su voluntad, pero desconfiaban de su labor. Cualquiera que medite sobre los tiempos pasados y los anales de la antigüedad, hallará muy pocos o ninguno de los que, habiéndose decidido a libertar a su país de la tiranía, no lo hayan conseguido si les ha guiado una recta intención; la misma Libertad les ayuda. Harmonio, Aristogitón, Trasíbulo, Bruto el viejo, Valerio y Dión lo ejecutaron con felicidad porque lo emprendieron con valor. Al hombre decidido nunca le falta la fortuna. Bruto el joven y Casio derribaron felizmente la servidumbre, pero el haber repuesto la libertad les hizo morir y no miserablemente; sería una calumnia el decir que hubo algo de miserable ni en su vida ni en su muerte. Efecto fue solo de la desgracia el que estos héroes se sepultaran entre las ruinas de la República. Las otras empresas que se ejecutaron posteriormente contra los emperadores romanos, no fueron más que conjuraciones de hombres ambiciosos por cuyos contratiempos no merecen, siquiera ser compadecidos: sus deseos se reducían a colocar la corona en otras sienes en lugar de romperla, a expulsar el tirano y conservar la tiranía. Sensible hubiese sido que a estos hombres les favoreciera la fortuna; su ejemplo puede ser de suma utilidad a los ambiciosos, para enseñarles que jamás debe abusarse del sagrado nombre de la Libertad para malignas empresas.

Mas, volviendo al asunto de que inadvertidamente me había separado, digo que la causa principal de constituirse los hombres voluntariamente esclavos, consiste en que nacen siervos y son educados como tales; y de ahí se origina otra consecuencia, a saber: que los hombres fácilmente se vuelven, bajo los tiranos, afeminados y débiles; cuya verdad garantiza Hipócrates en su obra titulada: De las enfermedades. Este padre de la medicina tenía un corazón bien formado, y así lo manifestó a Artajerjes que le envió llamar con ofertas y presentes, contestándole francamente con las siguientes palabras: “Que su conciencia permitía hacer uso de su ciencia para curar a unos bárbaros que querían hacer perecer a los griegos y servir a quien pretendía avasallar a su patria”. Esta respuesta se halla aún hoy día en sus obras, y es un documento que eterniza la bondad de su corazón y la grandeza de su índole. Ha pasado ya a ser un axioma que a la pérdida de la Libertad es consiguiente la del valor, y que el vasallo no conoce ni la alegría ni la serenidad en los combates. Precisados a marchar como atados frente al peligro, caminan como aturdidos, torpes y violentados; en su corazón no arde aquel fuego que enciende el amor a la Libertad; aquel entusiasmo que hace despreciar los riesgos y dan ganas de acceder al honor y la gloria con una bella muerte entre los compañeros. Los hombres libres se disputan la preferencia en pelear por el bien general, porque en él hallan vinculado el interés particular: todos quieren tener su parte, en la derrota como en la victoria. En cambio, los esclavos desconocen el valor guerrero; no tienen energía y su corazón pusilánime no es capaz de abrazar grandes empresas. Harto conocido es esto por los tiranos, quienes, prevaliéndose de la debilidad y abatimiento de sus súbditos, no perdonan ningún medio para acobardarlos y envilecerlos.

Jenofonte, historiador circunspecto y que ocupa el primer lugar entre los griegos, compuso un tratado en el cual introduce a Simónides hablando con Hierón, rey de Siracusa, sobre las miserias del tirano; obra llena de útiles y sólidas demostraciones y en la que sobresale cierta gracia particular. ¡Ojalá que los tiranos de todos los siglos la hubieran tenido presente y se la hubieran puesto ante los ojos como con un espejo! en la fealdad de sus pecas, hubieran reconocido el oprobio de su conducta. En este tratado describe Jenofonte los remordimientos que devoran a los tiranos que al perjudicar a todos; a todos deben temer. Entre otras cosas refiere que los reyes malos se valen comúnmente de tropas extranjeras y mercenarias, porque no se atreven a poner las armas en manos de aquellos a quienes han injuriado. (No han faltado empero, buenos reyes, que en ciertos casos se han valido de extranjeros asalariados para economizar la sangre de sus súbditos, afianzados en la máxima de que debe prodigarse el dinero con tal de conservar la vida de sus gobernados. Escipión el africano prefería salvar la vida a un solo ciudadano a derrotar cien enemigos). Más el tirano no cree asegurado su trono mientras tenga un solo súbdito de cuyas virtudes y valor pueda recelar. Y así con razón se le puede aplicar lo que Traso en Terencio echa en cara al conductor de los elefantes: “Por eso, tan valiente como fueras, te encargan el criado de las fieras”.

A este maquiavélico recurso de embrutecer a sus súbditos apeló también Ciro contra los lidios, cuando se apoderó de Sardes su capital, rindió a Creso, su rico rey, y se lo llevó cautivo. Dijéronle un día que los sardenses se habían sublevado. Pronto quedaron sujetos, bajo su mano. Pero no queriendo recurrir al saqueo de tan bella ciudad, ni al mantenimiento de una guarnición numerosa; por medios menos violentos y más seguros consiguió esclavizarles. Estableció burdeles, abrió tabernas, ordenó juegos públicos y destinó premios a cuantos inventasen deleites nuevos. Estas medidas llenaron de tal manera las miras del tirano, que no tuvo ya necesidad de desenvainar otra vez la espada contra los lidios, quienes en muy poco tiempo se divirtieron inventando toda clase de juegos, hasta el punto que de la palabra Lidi sacaron Ludí los latinos, que equivale entre nosotros a la palabra pasatiempo, para recordar a la posteridad la antigua capital de los lidios, cierto que no todos los tiranos han declarado tan explícitamente como Ciro sus deseos de afeminar y pervertir a sus vasallos; pero también lo es que casi todos han recurrido siempre a tan maquiavélica táctica aunque no lo hayan declarada expresamente. En verdad, que esto es conocer el carácter del populacho, y por desgracia la clase más numerosa fácilmente sospecha de los que le aman, al paso que se entrega con la mayor sencillez al que le engaña. No es tan fácil el pájaro en dejarse coger por el reclamo, ni el pez en caer al anzuelo como lo es el pueblo en dejarse seducir; maravilla ver cuán pronto se dejan ir al menor halago que se les dispense. Teatros, juegos, farsas, espectáculos, gladiadores, animales extraños, medallas, cuadros, etc., fueron para los pueblos antiguos los incentivos de la esclavitud, el precio de su libertad, los instrumentos de la tiranía. Alucinados los pueblos, cebados en pasatiempos frívolos y hechizados por vanos placeres, se acostumbraron paulatinamente a ser esclavos con mas facilidad pero peor, como los niños que aprenden a leer por el atractivo de las estampas que contiene el libro. Los tiranos de Roma apelaron también a otro recurso, cual fue multiplicar las decurias públicas, donde se entregaban a los excesos de la gula: el romano más prevenido no hubiera dejado su taza de sopa a cambio de la libertad de la república de Platón. En las frecuentes distribuciones de trigo, de vino y hasta de dinero, contestaba el pueblo con descompasados gritos de ¡Viva el Rey! ¡Imbéciles! No se daban cuenta de que con aquella falsa generosidad no hacían más que recobrar una mínima parte de lo suyo y que el tirano no se lo hubiera podido dar si antes no se lo hubiera usurpado. Hombre había que recibiendo hoy un sestercio y hartándose en los festines públicos hasta más no poder, bendecía la generosidad de Tiberio y Nerón sin reparar que al día siguiente se vería en la dura precisión de abandonar sus bienes, sus hijas y hasta su propia sangre a la avaricia, a la lujuria y a la crueldad de aquellos soberbios emperadores, cuyos atentados sufría sin prorrumpir en la menor queja. El populacho siempre es el mismo: se entrega con pasión a los placeres que no puede disfrutar sin comprometer la dignidad de su ser, y es insensible al daño y al dolor que no puede soportar sin envilecerse. ¡Quién no se estremece todavía al oír el nombre de Nerón, monstruo feroz que se complacía en derramar la sangre de los hombres! Con todo, después de su muerte, tan abominable como su vida, el noble pueblo romano tuvo tal disgusto al acordarse de las fiestas y banquetes que perdía, que nada le hubiera costado vestirse de luto en prueba de su dolor. Así lo ha escrito Cornelio Tácito, autor grave y fidedigno si los hay; mas nada debe extrañiarse de un pueblo que practicó otro tanto en honor de Julio César, cuyo mérito tan solo consistía en una humanidad calculada y egoísta, bajo cuya sombra invadió las leyes y la libertad. Y en verdad que su venenosa dulzura fue más perjudicial y terrible para el pueblo romano que no lo hubiera sido la crueldad del mayor de los tiranos, porque con ella ocultó la amargura de la esclavitud. Mas a este pueblo le parecía gustar aún de sus banquetes y gozar de sus prodigalidades; así que se apresuraron a recoger sus cenizas y a levantarle una columna como padre de la Patria (así lo decía la inscripción); dispensándole los honores que a ningún hombre habría dado salvo a sus asesinos.

Tampoco olvidaron los emperadores romanos el apropiarse del título de Tribuno del pueblo, ya porque este cargo era mirado como santo y sagrado, ya porque se habla establecido en defensa y protección del pueblo; por este medio se aseguraban la confianza de los romanos, como si bastara con oír el nombre sin percibir los efectos.

No son menos perjudiciales hoy en día los que cometen toda clase de daños a la sombra de las frases lisonjeras de bien común y felicidad pública, halagando con ello al pueblo. A esto se llamarla engañar con finura, si pudiera haberla en donde domina el descaro. Los reyes asirios y medos raras veces se presentaban en público, formándose la idea de que no siendo vistos del populacho, llegaría éste a tenerlos por algo más de lo que eran; ocupando de este modo la imaginación del vulgo, que creía tanto más en cuanto la vista, no podía enjuiciar. Y as! es como tantas naciones que estuvieron bajo el dominio de los reyes de Asiria, se acostumbraron con este misterio a una servidumbre voluntaria, al no saber qué dueño tenían y averiguando difícilmente si realmente lo tenían; venerando todos con respeto sagrado a un soberano que nadie habla visto. Los primeros reyes de Egipto no se presentaban jamás en público sin llevar un ramo o una luz en la cabeza, enmascarándose as! y haciendo el payaso, y con la rareza de la cosa excitaban el respeto y la veneración de sus vasallos; ya que unas gentes menos ignorantes y serviles, no hubieran dejado de mirarlo como un pasatiempo digno tan solo de provocar la risa. Causa compasión, en verdad , oír hablar de cuantos arbitrios y ridiculeces se valieron los tiranos para consolidar su tiranía; valiéndose de tantos pequeños medios, sabiendo que trataban con unos pueblos tan ignorantes y estúpidos que, por mal que se les tendiera el cebo, caían en él, siendo más fácilmente engañado y sujetado cuanto más se burlaban de él.

¿Y qué diremos de otra patraña adoptada también por los pueblos antiguos como moneda corriente, cual fue el creer firmemente que el dedo pulgar de un pie de Pirro, rey de los epirotas, tenía la virtud de hacer milagros y en particular de sanar a los enfermos? Y aún para acreditar más el cuento fingieron que después de quemado el cadáver se habla encontrado el dedo ileso entre las cenizas, respetado de la voracidad de las llamas. Así es como el, pueblo estúpido cree con fe las mentiras que él mismo se ha forjado. Muchos autores lo afirman de un modo que salta a la vista que sólo han recogido los rumores de la calle. Al regresar Vespasiano de Asiria, y al pasar por Alejandría en dirección a Roma para tomar posesión del imperio, obró muchos prodigios, como enderezar cojos, dar vista a los ciegos y otras mil cosas que para ser creídas se necesitaba ser más ciego que los que suponían curados. Y hasta los mismos tiranos no han podido menos de admirarse de la facilidad con que los hombres podían soportar a un hombre que les perjudicara. Querían ampararse con la religión y, si era posible, tomar prestada alguna muestra de divinidad para el mantenimiento de su malvada vida. ¡As!, Salmoneo está sufriendo los horrores del Averno, según la Sibila de Virgilio, por haberse burlado de la credulidad del vulgo queriendo representar la persona del padre de los dioses.

De Salmoneo vi la empresa brava; De fogosos caballos sostenido, Los honores divinos usurpaba Y ser del rayo autor finge atrevido: El trueno y vientos imitar pensaba, Y de horroroso estruendo precedido Con el fuego terror diseminaba, De las Ciudades griegas fué temido. Mas de una nube el Padre omnipotente Un rayo le arrojó, y en el Averno Hundióse carro y dios, y el imprudente Sufre amargo dolor y llanto eterno.

Burlóse de los pueblos, y al momento. A la burla siguió fiero tormento.

Si éste es el castigo fulminado contra el estúpido que abusó de la credulidad pública ¿cuál deberá ser la suerte de aquéllos que han abusado de la religión para autorizar sus embustes

Asimismo, los reyes de Francia inventaron los sapos, flores de lis, la ampolla y el oriflama. Por mi parte, no dudo que ha habido monarcas buenos en la paz y esforzados en la guerra que, aunque nacidos reyes, no parecen hechos por la naturaleza como los demás, sino escogidos antes de nacer por el Todopoderoso para el gobierno y conservación de este reino. Tampoco pondré en duda la verdad de nuestras historias, para no defraudar a la poesía francesa, hoy no sólo mejorada sino como renacida gracias a Ronsard, Baif, Du Bellay, que tanto han hecho avanzar el idioma, que espero que pronto los griegos y latinos nos superarán tan sólo en antigüedad Y perjudicaría ciertamente a nuestra rima quitándoles ahora esos bellos cuentos del rey Clodoveo en los que con tanta gracia se inspira nuestro Ronsard en su Franciada; presiento su alcance, conozco su agudeza y sé su gracia; tratará del oriflama como los romanos de sus “escudos caídos del cielo” que decía Virgilio, de nuestra ampolla como los atenienses del cesto de Erisícton; de nuestras armas como ellos de su olivo que aún dicen mantener en la torre de Minerva. Sería ciertamente temerario desmentir nuestros libros y pisar el terreno a nuestros poetas. Pero volviendo a nuestro tema ¿olvidaremos que casi siempre los tiranos se han esforzado en inclinar al pueblo a la obediencia y a la servidumbre e incluso a la falsa devoción? Este sistema que enseña a la gente a someterse de grado, apenas sirve a los tiranos, salvo para el populacho. Llego ahora a un punto que es, a mi parecer el principal secreto y resorte de la dominación, el más grande apoyo y fundamento de la tiranía. El que cree que las alabardas y los esbirros salvan a los tiranos, en mi concepto se equivoca grandemente; se sirven de ello más bien como formalidad y espantajo que por la confianza que tengan en ellos. Los arqueros podrán impedir la entrada de los palacios a los inexpertos y pusilánimes; pero no la impedirán a los que saben abrirse paso por en medio de las armas. Más emperadores romanos fueron víctimas de sus mismos guardias que salvados por ellos; las masas armadas son las menos a propósito para defender un tirano. A primera vista parecerá esto casi increíble pero así sucede en realidad. Cinco o seis son a lo más los que conservan al tirano en su poder y al país en esclavitud; adulan al primero y le allanan el camino de las crueldades; le acompañan en sus placeres, le facilitan los medios de saciar sus licenciosos apetitos y participan de sus rapiñas. Y estos tales dominan de tal modo a su jefe, que le obligan a autorizar hasta sus propias maldades. Como les es fácil hacerse prosélitos, buscan a quinientos o seiscientos que imiten en ellos la misma táctica que observan en su soberano. Estos seiscientos tienen bajo sus órdenes a más de seis mil ahijados, que colocados en los destinos superiores de las provincias, o en la administración de los fondos públicos se dan la mano para su codicia y crueldad; excitándoles al propio tiempo a que hagan todo el mal que puedan, a fin de que se comprometan en tales términos que no les sea posible medrar sino bajo su sombra, ni evadirse de la justicia sino recurriendo a la protección de sus favorecedores. El que pretenda desenvolver esta madeja, verá que seis mil, y aún cien mil y millones, concurren de acuerdo, formando una cadena ininterrumpida que da fuerza al tirano, el cual les arrastra en pos de sí como Júpiter a los demás dioses, según la pintura de Homero. De aquí tomó origen el aumento del poder del Senado bajo el imperio de Julio César, el establecimiento de nuevos destinos y el nombramiento de empleados, no con el objeto de reformar la administración de la Justicia, sino para robustecer la tiranía. En suma, los favores y beneficios que prodigan los tiranos se dirigen únicamente a aumentar el número de quienes consideran provechosa la tiranía, en términos que pueda rivalizar con el de los amantes de la Libertad. Del mismo modo que en el cuerpo humano, dicen los médicos que si se forma un tumor se reúnen en él los humores venenosos y lo entumecen, del mismo modo en el cuerpo político, cuando un rey se erige en tirano, toda la hez del pueblo y aún aquellos que son incapaces de distinguir el bien del mal, se les reúnen; y no digo un puñado de ladronzuelos que poco mal o bien pueden hacer en un país, sino los ambiciosos y avaros que se amalgaman alrededor de él y le sostienen para participar del botín y constituirse ellos mismos en tiranos subalternos. En esto imitan a las cuadrillas de ladrones y piratas: los unos van a la descubierta del país mientras que los otros persiguen a los viajeros; los unos esperan emboscados mientras que los otros están al acecho; los unos matan, los otros despojan cuanto se les presenta; y aunque entre ellos hay también preeminencias y unos son jefes y otros subordina subordinados, con todo no queda nadie sin participar del botín o por lo menos del reparto. Refiérese que los piratas cilicianos, no sólo se juntaron en tan gran número que fue menester enviar contra ellos a Pompeyo el Grande, sino que consiguieron contraer alianzas con poderosas ciudades en cuyos puertos pudieran guarecerse al regreso de sus correrías, protección con hacerlas partícipes del fruto de sus piraterías.

Así el tirano sojuzga a unos súbditos por medio de otros y está custodiado por aquellos de quienes más debería preservarse si algo valiesen; pero es antiguo refrán que para partir leña se necesitan cuñas de madera. He aquí lo que son los arqueros, los guardias y los alabarderos. No que ellos mismos no sufran a veces con los furores del tirano. Perol abandonados de Dios y de los hombres, saben soportar vilmente los ataques, con tal de poder vengarse no contra el opresor común sino contra los desvalidos que están condenados a sufrir el yugo como ellos y ya no pueden más. No sé si admirar más su maldad o su sandez; porque a decir verdad el acercarse al tirano es apartarse de la libertad natural, y por así decirlo, abrazar voluntariamente y con ahínco la esclavitud. Prescindan por un momento de su ambición, descártense de su avaricia, contémplense así mismos, y verán mal que les pese, que los labradores y los aldeanos a quienes tratan como galeotes o esclavos, a pesar de ser tan mal tratados, son incomparablemente más felices, porque son más libres. El campesino o el artesano, por avasallados que estén, viven tranquilos cumpliendo con aquello que se les manda; pero no sucede así con los que rodean y sirven a un tirano; su felicidad no consiste en otra cosa que en mendigar sus favores. Y no basta que cumplan con lo que les prescribe su ídolo: tienen que pensar como él quiere y a menudo, para satisfacerle, anticiparse a sus deseos. No contentándose con ser obedecido y complacido, exige además el tirano 1 que sus favoritos se atormenten mutuamente; que encorven su existencia al peso de sus negocios; que se complazcan en lo que a él le place, que les sacrifiquen sus despojen hasta de sus afectos naturales. Exige que atiendan sin distracción sus palabras, su voz, sus signos y sus ojos; que no tengan ni vista, ni pies, ni manos; que se hallen siempre dispuestos a escudriñar su voluntad y a adivinar sus pensamientos. ¿Y esto es ser feliz? ¿A esto se le llama vivir? ¿Hay en el mundo una cosa más insoportable, no digo precisamente para un hombre de mediano saber, sino hasta para cualquiera que conserve un ápice de sentido común o de apariencia de razón? ¿Puede darse condición más miserable que no poseer cosa propia, dependiendo únicamente del capricho de otro la conservación, la libertad y aún la vida?

Pero prefieren servir para acumular tesoros, como si les fuera permitido adquirir nada para sí, cuando no pueden decir que sean dueños de sí mismos; como si nadie pudiera tener nada propio bajo un tirano. Pretenden apropiarse bienes, sin acordarse que ellos mismos prestan la fuerza al déspota que lo arrebata todo a todos, sin dejar nada que pueda decirse que sea de nadie. No consideran que aquel mismo fruto de sus usurpaciones es el aliciente más peligroso para que un día ejerza el tirano con ellos su natural fiereza, y que el tener algo es un crimen digno de muerte para aquel a cuyas pasiones no bastan todas las riquezas a saciarlas, para quien siempre ataca con preferencia a los ricos, y se le presentan como el cordero a su matador con una gordura que es aún objeto de su regocijo. Esos favoritos no deberían acordarse tanto de aquellos que adquirieron muchos bienes sirviendo a los tiranos, sino de los que, perdieron en un momento todas sus riquezas y aún la vida. No deben mirar como tantos adquirieron sus bienes, sino cuán pocos los que han sabido conservar. Léanse las historias antiguas y modernas y se verá el sinnúmero de infelices que, habiéndose proporcionado por medios infames el valimiento de los príncipes y cooperado en sus maldades, o abusado de su negligencia, han sido después aniquilados por ellos mismos; quienes fueron tan inconstantes en conservarlos como débiles se habían manifestado en elevarlos. Pocos son los validos, por no decir ninguno, que, después de haber sostenido el despotismo de los reyes, no hayan experimentado más tarde en ellos mismos los efectos de la crueldad que muchas veces habían excitado contra los demás; enriquecidos la mayor parte a la sombra de su favor y con despojos ajenos, a su vez han sido también despojados del fruto de sus rapiñas para enriquecer a nuevos favoritos.

Aún los que son hombres de bien, si alguno puede haber entre los cortesanos de un tirano, por más que disfruten de su favor, por más que reluzca en ellos la virtud y la entereza, que hasta a los más malvados les inspira respeto en viéndola de cerca; pero como digo los hombres de bien poco pueden durar, han de darse cuenta del mal común y experimentar en ellos la tiranía. Séneca, Burrus y Trázeas, tres hombres igualmente virtuosos que por una fatalidad de su estrella llegaron al manejo de los negocios públicos y a merecer la confianza de un tirano, estimados por él y afiadiendo que uno de ellos le había cuidado en su infancia, los tres son suficiente, testimonios, por su muerte cruel, de cuán poco hay que fiar en el favor de los malos príncipes. Y en verdad, ¿qué amistad hay que esperar de un corazón duro, que aborrece a su reino que a ciegas le obedece, y que por no saber hacerse amar, se empobrece y destruye a sí mismo?

Y si hay quien diga que Séneca, Burrus y Trázeas sufrieron tan dura suerte por no haber abandonado el camino de la virtud, que tienda la vista alrededor de los satélites de Nerón y verá que los favoritos cebados en la maldad tampoco duraron más. ¿Qué diremos pues de un afecto tan precario y de una amistad tan mal correspondida? ¿Qué hombre hubo más enamorado de su mujer que Nerón lo fue de Popea? Y no obstante la envenenó por su propia mano. Su madre Agripina había dado muerte a su marido Claudio a fin de que su hijo pudiera más pronto sustituirle ni reparó en crímenes ni en arrostrar las mayores dificultades; y con todo, este mismo hijo a quien había criado y elevado al trono, le quitó la vida, tras varias tentativas. Y aunque no hubo nadie que desaprobara tan justo castigo, sin embargo, excitó un horror general el saber que la cuchilla había sido descargada por su propio hijo emperador, por quien tanto había hecho. ¿Qué modelo pude presentarnos la antigüedad de un hombre más dócil, más sencillo, o por decirlo mejor, más bobo que el emperador Claudio? Ardía de amor por su mujer Mesalina, y no por eso dejó de entregarla a manos del verdugo. La ingenuidad sería el atributo de los tiranos si ésta consistiera en no saber hacer ningún bien. Ni sé cómo, en fin, para aplicar la crueldad, hasta hacia quienes les son próximos, por poco ánimo que tengan, éste se les desvela. Harto sabida es la expresión de Calígula, que contemplando un día el cuello desnudo de su mujer, a quien amaba entrañablemente, le dirigió estas palabras: “Tan hermoso cuello sería al momento cortado con sólo yo mandarlo”. He aquí porque la mayor parte de los tiranos antiguos fueron asesinados por sus mismos favoritos, quienes conociendo la naturaleza de la tiranía, desconfiaban de la voluntad y del poder del tirano. Domiciano murió a manos de Stephanus; Cómodo fué asesinado por una de sus queridas; Antonino Caracalla por Macrin; y así sucesivamente casi todos los demás.

Tan cierto es que el tirano no estima ni es estimado. La amistad, este sentimiento sublime, cuyas dulzuras tan sólo conocen los hombres de bien, no se sostiene sino por el amor mutuo, y se alimenta no tanto con beneficios como por una recíproca correspondencia. La convicción que se tiene de la fidelidad de un amigo es el verdadero y sólo vínculo de la amistad: un bello natural, el desprendimiento y la constancia son sus fieles compañeros. La amistad jamás se hermana ni con la crueldad, ni con la deslealtad, ni con la injusticia; pues cuando los hombres malos se reúnen forman más bien un complot que una sociedad. No se sostienen entre sí sino que se temen; no son amigos, sino cómplices.

Pero, aún cuando no mediaran estos inconvenientes, siempre será sumamente difícil el hallar amor seguro de un tirano. Elevado sobre la esfera de los demás y no teniendo compañeros, se encuentra ya más allá de los límites de la amistad cuya sede está en la igualdad. Por esto es que entre los ladrones reina la mejor armonía cuando tratan de repartirse el botín, porque todos se consideran iguales y compañeros, aunque no se amen y más bien se miren con cierta prevención, aunque no quieran aminorar su fuerza al desunirse. Pero los favoritos no pueden jamás estar seguros de la buena fe de un tirano, siempre superior a ellos, que desconoce derechos y deberes, que no tiene más ley que su capricho, y ningún compañero por ser dueño de todos. ¿Y no son dignos de compasión aquellos hombres, que a la vista de tantos ejemplos y peligros amenazantes no saben escarmentar en cabeza ajena? Entre tantos como rodean el solio de los tiranos no hay uno solo que tenga la previsión y el valor de decirles lo que, según la fábula dijo el zorro al león, que se fingía enfermo: “Mucho gusto tendría en visitar tu cueva; pero entre las muchas huellas de animales que se dirigen hacia allá, no he visto hasta ahora ninguna que indique haber salido de ella para regresar hacia su casa”.

Estos miserables ven brillar los tesoros del tirano; recaban alucinados los rayos de su amistad, y deslumbrados con su resplandor, se acercan y se arrojaran a la llama que no puede dejar de consumirles. Así el sátiro indiscreto según la fábula, viendo relucir el fuego hallado por el sabio Prometeo, le pareció tan hermoso que fue a besarlo y se quemó. Así, la mariposa, que deseosa de gozar de algún placer se arroja al fuego por lo que reluce, y experimenta otra virtud: que quema, dice el poeta Lucano. Pero demos que los favoritos a fuerza de intrigas consigan librarse de las manos de su dueño: ¿podrán acaso sustraerse a las de su sucesor? Si éste es bueno, es regular que les exija estrecha cuenta de sus operaciones y manejos; si es malo y semejante a su predecesor, tendrá también sus favoritos que contentar, quienes no se satisfacen de sólo ocupar los primeros puestos, sino que también aspiran a los bienes y vidas de los que derribaron. ¿Y es posible que a pesar de tantos peligros y de tanta inseguridad, haya quien quiera servir a unos amos tan ingratos? ¡Oh Dios! ¿Puede darse mayor molestia y martirio que pasar día y noche discurriendo diferentes modos de agradar a un hombre a quien se teme más que al resto del mundo? Tener que estar siempre ojo alerta y atento el oído, para examinar por donde le vendrá el golpe que le amenaza, para descubrir los lazos que le rodean, para observar el semblante de sus compañeros; advertir quien le hace traición, sonreír a todos y temer a todos; no tener enemigos declarados que combatir ni amigos seguros con que contar; ocultando siempre, bajo un rostro risueño, un corazón apesadumbrado; sin nunca poder presentarse jovial ni tampoco estar triste. ¿Y cuál es el premio que debe esperar de una existencia tan azarosa y miserable? Hastiados los pueblos del mal que les agobia no acusan al tirano sino a sus consejeros. Que todo el mundo, desde los campesinos hasta el populacho, se complazca en publicar sus nombres, en detallar y exagerar sus vicios, y en prodigarles mil ultrajes, vilipendios y maldiciones. Todas las súplicas, todos los votos van dirigidos contra ellos; no hay desgracia, peste o hambre que no les sea atribuida; y si en ocasiones les fingen honores, los corazones del pueblo repugnan aquellas demostraciones, pues en aquel mismo instante son maldecidos y detestados como bestias feroces. He aquí toda la gloria y todo el honor que reciben de servir a un hombre que no pudiera compensar tantos trabajos e incomodidades, aún cuando cediese a sus privados una parte de su cuerpo. Mueren por fin, y las generaciones se apresuran a trasladar a la posteridad el nombre de estos Traga-pueblos ennegrecido con la tinta de mil plumas; volúmenes sin cuento destrozar su reputación; y hasta sus huesos, así decirlo corren por el fango de la por así y posteridad, castigando tras su muerte su malvada vida.

Aprendamos pues, por fin, aprendamos a obrar bien; alcemos los ojos al cielo, ya sea por nuestro propio honor o por amor a la virtud, dirigiéndonos siempre al Todo-poderoso, testigo fiel de nuestras acciones y juez inexorable de nuestras faltas. No creo equivocarme si aseguro que no hay una cosa tan opuesta a Dios, todo liberal y pío, como la tiranía, y que su severa justicia tiene reservado en los abismos un castigo particular para los tiranos y sus cómplices.

FIN

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