Un nou zodíac

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Campanya electoral, Barcelona, 2019

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De AutoEnGanYS

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La Físcalía General del Estado dice que el odio al nazismo es delito

Circular 7/2019, de la Fiscalía General del Estado, sobre pautas para interpretar los delitos de odio tipificados en el art. 510 CP. Bajar aquí (Fiscalía) o aquí (Drets.cat).

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quan no escolten

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brexit

Cuando ya todos hablamos inglés, ahora ellos se van. Qué cosa más rara.

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Sobre las disculpas españolas por la conquista de América

Extracto del libro La memoria administrada. El barroco y lo hispano, de J.L. Marzo (Katz, Madrid, 2010, pp. 48-56)

“La Hostia divina, el signo y el máximo factor de la unidad, ha sido espléndidamente glorificada en esta América.”[1]

La era barroca se inicia en guerra. De hecho, el barroco es el renacimiento en pie de guerra. Cientos de miles de personas se desplazan o son desplazadas en Europa, en América, en Asia, en África. La intolerancia impera por doquier. Las guerras y los imperios traerán una época nefasta, llena de mortandad y enfermedad global. España denomina aquel tiempo el “Siglo de Oro”, a pesar de que el propio Cervantes contrastaba “esta nuestra edad de hierro” con la Edad de Oro que él identificaba en el siglo XVI. Para Donne, el presente era una “edad de hierro oxidado”. Y Montaigne decía que “el siglo era tan de plomo, que no sólo la práctica sino incluso la idea de virtud estaba ausente”.[2]

Se trata de una violencia global. Sin embargo, la violencia es más explícita en lo hispano que en otro cualquier contexto sociocultural, y precisamente lo es por la negación a aceptarla. De eso no cabe ninguna duda, y deja perplejo el gigantesco paraguas conceptual que el cuerpo institucional español ha pergeñado para evitar esa cruda realidad, primera y duradera. La guerra de América fue brutal, aniquilante. Los taínos de Santo Domingo pasaron de 1.100.000 en 1492 a apenas 10.000 en 1517. De 25 millones de personas que vivían en la zona actual de México en 1518, dos años antes de la derrota, se pasó a 700.000 en 1623[3]. Y así en toda América.

Obsérvese el desastre demográfico en México en 1521.

Los innumerables textos españoles que relataron la guerra y la “pacificación” están repletos de descripciones vívidas de lo que pasó. Podríamos citar cientos de párrafos: “Que como en los mataderos descuartizan las carnes de bueyes o carneros, así los nuestros de un solo tajo le cortan a uno las nalgas, al otro el muslo, o los brazos al de más allá: como animales brutos perecieron. […] Mandó el capitán español entregarlos en número de cuarenta a la voracidad de los perros” (Pedro Mártir sobre la expedición de Vasco Núñez de Balboa); “Llevaban consigo prisioneros encadenados a servir de alimento a los perros bracos. En estas expediciones de muerte ocurría a veces que para desatar de la larga cadena a los prisioneros moribundos se recurría al procedimiento expeditivo de cortarles la cabeza”; “Morían como chinches a montones” (Motolínia); “Es verdad y juro amén que toda la laguna, casas y barcas […] estaban tan llenas de cuerpos y cabezas de hombres muertos, que yo no sé de qué manera lo escriba”, anotó el soldado y cronista Bernal Díaz del Castillo tras la toma de Tenochtitlan. Y así estamos aún: no hay manera de que se escriba con propiedad.

Si alguien piensa que eso sólo fue el efecto del fragor de la batalla está equivocado. Durante la colonia, en especial durante el siglo XVII, la tragedia continuó. Un misionero contaba, en 1699, como “los indios mueren tan fácilmente que sólo la vista y el olor de un español les hace entregar su alma”. El comerciante italiano Francesco Carletti, de viaje por México, escribía:

“Morían muchos de cierto accidente, que al salirles la sangre por la nariz, después de haber estado algo enfermos, caían muertos; desgracia que solamente les tocaba a ellos, y no a los españoles, los cuales, por el mal trato que les dan, son también causa de que se acaben. Yo vi por el camino que se servían de ellos hasta para llevar sus cosas, cargándolos como a bestias; y cuando llegaban a algún poblado o castillo o aldea, de los cuales se encuentran muchos por todo el camino, pero la mayor parte desiertos de habitantes, querían ser servidos y administrados, tal como están obligados por orden y disposición de la justicia de aquel país […] luego al hacer las cuentas, en vez de darles el dinero en pago, se les dicen malas palabras y peores hechos. Así por este y otros inhumanos tratos permite Dios su fin, y se cree de cierto que dentro de poco tiempo se extinguirán del todo”.[4]

El jesuita José Cardiel relató en 1771 algunas de las cosas que pasaban por el Paraguay “[…] y cuando es menester pasar por algún pueblo, mandan que [los blancos] no estén más que tres días en él, y que no anden por las casas de los indios para que no inquieten a las indias[5].

La desaparición de los indígenas americanos ciertamente continuó durante las colonias y después de los procesos de independencia, pero ¿exculpa ello a los españoles de la violencia inicial y del mantenimiento de la misma como forma de explotación económica, social y cultural durante los largos siglos de dominación? ¿Cómo es posible que la España oficial no haya hecho siquiera un gesto simbólico, pedir perdón a los indígenas americanos, cuando es precísamente la nación europea que más notoriamente blande su espíritu ecuménico e integrador? Otra oscura disociación de la diplomacia española, en especial el papel de la monarquía, que, al prerrogarse constitucionalmente el nexo de continuidad entre las naciones americanas y España, representaría un evidente hilo de unión entre lo ocurrido desde 1492 hasta la actualidad. La respuesta de la corona ha sido un silencio lleno de desdén. Cuando le pregunté al filósofo catalán Xavier Rubert de Ventós qué pensaba de ello, contestó: “Perdonar es una palabra muy anglosajona. Es una forma protestante de exteriorizar la mala conciencia. Eso no va con nosotros”.

En 2001, Europa pedía perdón a Africa por el esclavismo. En 2008, Australia lo hacía por el genocidio aborígen y Rusia por la represión comunista. En 2009 se sumaba Canadá. En 2010, el parlamento serbio ha condenado la matanza que perpetró en la ciudad bosnia de Srebrenica. ¡Qué lo hagan primero Inglaterra y Francia, que ellos sí que tienen las manos manchadas de sangre mucho más fresca!, me dijo un alto responsable del Ministerio de Asuntos Exteriores español en 2006. La responsabilidad del asesinato se mide pues por su antigüedad. España no vé razón alguna por la que sentirse responsable, más allá del ámbito compartido de los modernos procesos coloniales europeos, de los que ufanamente se siente precursora. En ese paquete genérico, según la diplomacia española, no cabe acusar a un país por encima de otro: eran cosas de la época. El poeta Manuel José Quintana escribió en 1806 quizás el más famoso argumento en este sentido: “Yo olvidaría el rigor de mis duros vencedores: su atroz codicia, su inclemente saña, crimen fueron del tiempo y no de España”[6].

El perdón no va con nosotros. En 1998, el Vaticano hizo acto público de contricción por su desidia durante el holocausto judío en la Segunda Guerra Mundial. Pero en 2007, el papa Benedicto XVI aseguraba, con no poca controversia, que la evangelización de América “no supuso en ningún momento una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña”[7]. ¿Nos puede ayudar esa disociación a entender mejor la incomodidad española con el perdón? Sin duda, porque España ha envuelto el relato americano mediante ropajes civilizatorios que le eximen de afrontar la hecatombe con todo su realismo. La función religiosa y cultural en la que se ha trasmutado la conquista de América en la memoria colonial española ha supuesto el más importante dique de contención ante cualquier pretensión acusatoria. ¿Deberían los romanos pedir perdón por civilizar Europa, por transmitir sus leyes, su lengua, aún habiendo “bajas colaterales”? ¿Pero no pedía el expresidente Aznar que los musulmanes se disculparan ante España por su “estancia” durante ocho siglos? He aquí el cúmulo de despropósitos y amnesias interesadas a la hora de encarar el problema de la responsabilidad. Como veremos en breve, la principal garantía para disipar cualquier atisbo de racismo en la actuación colonial en América es que España mata por causa de religión, pero no por la raza. En esta dirección cabe entender su mutismo ante la violencia innata de la hispanidad. España, vertebrada gracias a su destino como propagandista de la palabra de Cristo, tenía una misión encomendada. Cuando esa misión vierte sangre, no es culpa de los misioneros, sino del celo empleado, del entusiasmo. Y si, en todo caso, se percibió la tragedia in situ, España supo cómo poner solución a ello: creó un sistema de asimilación que protegió al indio de los desmanes, que lo abrigó y cobijó hasta insertarlo en la historia. Ese sistema se llama barroco. El veterano político mexicano Porfirio Muñoz Ledo se preguntaba si el barroco no era “quizás el sistema perfecto para ocultar el cadáver”[8].

España ha desplegado, no obstante, otras barreras de contención igualmente poderosas: ¿Qué culpa habría tenido España, a la luz de los discursos criollos e independentistas que han interpretado las colonias como prefiguraciones de las naciones americanas? ¿No fue ya Martín Cortés, el hijo del conquistador, quien quiso convertirse en rey de la Nueva España en 1565 para precisamente conservar las encomiendas y así poder explotar más indios? Según esta teoría, España no tendría responsabilidad directa en la violencia colonial; en todo caso, habría que acusar a los españoles que ya se sentían “americanos”. Esta tesis, por mucho que nos parezca un fenomenal ejercicio de prestidigitación, de disociación, ha tenido un mayor predicamento de lo que podríamos pensar. Fue Miguel de Unamuno el primero, que yo tenga constancia, en plantearla. Otros le han seguido desde entonces. El insigne filólogo Antonio Tovar la formulaba en 1981 de la siguiente manera: “Son ellos [los americanos descendientes de los españoles] los que pueden estar orgullosos de la colosal empresa fundacional y los que tienen que responder a las sólidas acusaciones de crueldad, dureza, aplastamiento de razas y pueblos.”[9] Mediante ese razonamiento distanciador, nadie podría culpar a los españoles que “se quedaron en España” por lo ocurrido en América, sino a los individuos que generaron los linajes americanos de los que se nutrieron la colonia y posteriormente las repúblicas.

De esta guisa, a media distancia entre la gloria y la despreocupación, el universo intelectual español se ha situado en una cómoda tierra de nadie que le proporciona normalidad y ahuyenta todo conflicto. Causa estupor esta idea, porque por vía de este argumento, ninguna batalla, ningún éxito político, ninguna victoria futbolística debería sacar las masas a la calle, pues siempre serían responsabilidad estricta de los propios ejecutantes. El infantilismo que plantea esa lectura debería hacernos desistir de contemplarla con interés, pero su notoria presencia en el discurso intelectual común de la academia y la diplomacia españolas, de izquierdas y de derechas, nos lo impide.

“La destrucción no se hizo en una generación: es una catástrofe cuyas consecuencias todavía hoy son sensibles, pasados ya cuatrocientos años. Si consideramos que este choque de la Conquista es lo que pudo engendrar cuatro siglos de pobreza y desequilibrio social en el territorio antaño floreciente del Imperio azteca, igual que esta especie de “complejo de derrota” creado por la fuerza colonial del Occidente, que hoy llamamos subdesarrollo, mediremos mejor la importancia histórica y filosófica de esta suma indígena”.[10]

Cuesta no reflexionar sobre lo americano sin esta verdad clara y diáfana que aquí nos apunta Le Clézio. Pensar América –y España- sin ese fardo duradero e influyente es construir cualquier relato desde la más falsaria perspectiva. No cabe aquí aducir aquello de que ya hace mucho tiempo, de que tenemos que pasar página sin más, de que contamina la posibilidad de pensar el futuro. El futuro no se puede encarar sin saber qué es lo que esconde el presente, lo que hemos escondido del presente. No podemos alejarnos de la memoria de los “otros”, porque es la única garantía de no convertirla en mero pasado, en mera historiografía. Y menos cuando los indios son los judíos supervivientes del holocausto americano. Con la mala suerte añadida de que los responsables de buena parte de lo ocurrido nunca fueron derrotados. Simplemente “se murieron de viejos”, como decía Larra de la Inquisición en 1836. Merece la pena recordar que el último hombre en ser llevado a la hoguera por el Santo Oficio fue en tiempos de Fernando VII, en 1826, en la persona de Cayetano Ripoll, un maestro valenciano[11].

Es necesario recuperar el presente negado para así sustraer a la historia de la nada, para arrancar a la historia del ruido creado para dejar el pasado intacto. Advertía Walter Benjamin que “no todo el pasado se realiza en el pasado; parte de él es el modo de resistir las imposturas de lo actual, no sólo como archivo o sepultura, sino como lucha contra esa rutina de llenar de signos para vaciar de hombres y mujeres.”[12] Esa rutina, esos ruidos han formado parte intrínseca en el relato de lo americano. Han constituido un constante circo festivo de fondo: palíndromos y anamorfosis barrocas cuya única intención, no declarada, es que no se oiga nada: conculcar las conciencias, ensordecer los lamentos y fomentar la miopía.

Desde luego que este debate viene de lejos, de la misma manera que su ninguneo oficial. A lo largo del tiempo, algunos se han hecho estas mismas preguntas. El ilustrado Juan Nuix, por ejemplo. En 1782 definía la historia de los conquistadores como la de los destructores del género humano: “A la verdad, las expediciones de estos pretendidos héroes, aun los más justos y moderados, no nos presentan otro espectáculo que ejércitos armados de instrumentos matadores, ciudades destruidas, campiñas taladas, campos cubiertos de cadáveres, ríos teñidos de sangre humana”[13]. Otro reformista español, Juan Pablo Forner, se indignaba ante el sesgo habitual en el relato de la guerra:

“Tal vez ocurren guerras que por lo extraordinario piden de justicia que se conserven circunstancialmente en la memoria de los hombres, y son un buen ejemplo nuestras conquistas en el Nuevo Mundo. Pero atenerse a ellas con singularidad, sin manifestar las grandes mudanzas que ocasionaron en las provincias conquistadas, en las conquistadoras, y por el influjo de éstas en las circunvecinas, es más bien escribir para lucir la elocuencia con descripciones pomposas que para instruir a los hombres públicos en lo que deben saber, a fin que conozcan el estado e intereses de su patria y de las ajenas”[14].

Manuel Pablo de Salcedo, también en el XVIII, en su Informe sobre el método que ha de seguirse para escribir la historia de las Indias, dejaba escrito: “gustan mucho los españoles de alabar sus héroes […] por eso gustan mucho de referir batallas y las cuchilladas que se dieron; no dejarán una; pero callan el origen de la guerra; la causa de la victoria; los frutos de ella; el nuevo sistema, usos, tributos, leyes, trajes y demás cosas que se introdujeron. Lo primero es bueno para deleitar a niños y alentarlos con tan heroicos ejemplos; lo segundo es para instruir al hombre de estado, gobierno y comercio”[15].

Sin embargo, no fueron este tipo de interpretaciones las que recibieron el aliento oficial. Todo lo contrario. La historiografía nacionalista española del siglo XIX y XX tomó otros derroteros: se volcó y revolcó en un cuento barroco de nunca acabar, celebrando las legislaciones, la evangelización. Se puso el acento en los vendajes y no en las heridas: se proyectó la idea de que España es magnánima porque acepta el perdón del vencido y no al revés. Que hay una voluntad explícita en mantener este discurso es más que evidente, por mucho que se camufle mediante operaciones pseudoantropológicas de candorosa admiración por los productos culturales de los pueblos sometidos. En el Museo de América de Madrid -en el siglo XXI- se puede contemplar el modo en que la museografía española sigue siendo incapaz de concebir la historia colonial más allá de una colección taxonómica de objetos. Se enmarcan altares mexicanos de muertos y ni una referencia a los otros muertos. El esfuerzo por dar una lectura cientifista con los viajes de Alejandro Malaspina apenas puede esconder el profundísimo sentido colonialista que opera detrás. Otro ejemplo, si cabe más flagrante, surge cuando echamos una ojeada al actual pasaporte español. ¿Alguien se ha dado cuenta de sus aberrantes ilustraciones? Una gráfica establecida en el año 2003, no en 1903. La primera página ya nos muestra un mapa del Atlántico con los viajes de Colón y sus 3 carabelas. En las páginas sucesivas aparecen diversos animales y sus procesos migratorios por el mundo, dando literalmente a entender que la llegada de los españoles a América fue un proceso natural, biológico, inevitable, de la misma manera que las ballenas recorren las corrientes marinas del planeta.

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En 2007, el entonces presidente de la República francesa, Jacques Chirac, hizo unas declaraciones en las que manifestaba su “profundo desprecio” por lo hecho por los españoles en América, a diferencia de la actitud de los vikingos. Aunque ciertamente la comparación era peregrina, e interesada, lo notable fue ver la reacción de los medios de comunicación españoles que no dudaron en entrar a degüello. Este caso, como otros muchos, en especial los referidos a la “leyenda negra”, nos informa sobre el arraigo de tics duraderos en la historiografía española, siempre en movimiento pendular entre emociones extremas. No ha calado un interés distanciador hacia las políticas identitarias de estado derivadas del nacionalismo desarrollado en los siglos XIX y XX: “No existe la reflexión postcolonialista, ni tampoco los estudios referentes al multiculturalismo y, menos, las reflexiones en torno al liberalismo”, denuncian las historiadoras Ileana Rodríguez y Josebe Martínez[16]. La academia española sigue operando en términos diplomáticos, como extensión de su función legitimadora de la razón nacional -un impulso que viene desde Menéndez Pelayo- y considera que la historia de América no necesita prestar excesiva atención a los individuos a no ser que sus historias sirvan para confirmar las reglas o las excepciones. En realidad, el desconocimiento de los americanos ha sido durante mucho tiempo la norma común en las universidades: “Hasta la década de los 1980, el asunto de los latinoamericanos en España no tenía significado alguno. Lo tenía el tema de las relaciones con América Latina, pero ésta es otra historia.”[17]

[1] Isidro Gomá Tomás, “Apología de la Hispanidad”, en Ramiro de Maeztu, Defensa de la Hispanidad, Gráfica Universal, Madrid, 1941 (1934).
[2] William J. Bouwsma, El otoño del Renacimiento 1550-1640, Crítica, Barcelona, 2001, p. 158
[3] Charles C. Mann, 1491. Una nueva historia de las Américas antes de Colón, Taurus, Madrid, 2006, p. 181. Buena parte de esa hecatombe se debió a las enfermedades difundidas por los españoles. Un tema aparte es su responsabilidad en ello. Parecería, en un principio, que los recién llegados no fueron conscientes de lo que pasaba. Pero quizás algún día haya que revisar parte de esa asunción ante las evidencias de que, por ejemplo, con frecuencia, los soldados propagaban voluntariamente las enfermedades (en especial la viruela) mediante trapos contaminados durante la conquista de Yucatán y la América Central, tal y cómo informa Le Clézio (J. M. Le Clézio, El sueño mexicano o el pensamiento interrumpido, Fondo de Cultura Económica, México, 1992, p. 48). En el ámbito de las guerras del norte de América a finales del siglo XVIII, el uso de esa arma biológica está suficientemente documentado. En 1763, Sir Jeffrey Amherst, comandante en jefe de las fuerzas británicas escribió lo siguiente al Coronel Henry Bouquet en Fort Pitt: “Hará bien en intentar inocular [la viruela] a los indios mediante mantas, así como en aplicar cualquier otro método que pueda servir para extirpar esta raza execrable”. En Fred Anderson, Crucible of War: The Seven Years’ War and the Fate of Empire in British North America, 1754-1766, Vintage, New York, 2001, p. 226
[4] Francesco Carletti, Razonamientos de mi viaje alrededor del mundo, Universidad Autónoma de México, 1976 (1594-1606), p. 70
[5] José Cardiel, Breve Relación de las Misiones del Paraguay, Dastin, Madrid, 2002 (1771).
[6] Manuel José Quintana, “A la expedición española para propagar la vacuna en América bajo la dirección de don Francisco Balmis”, 1806.
[7] Diario El País, Madrid, 19-05-2007.
[8] Entrevista a Porfirio Muñoz Ledo para la exposición El d_efecto barroco. Políticas de la imagen hispana, Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, 2010.
[9] Antonio Tovar, Lo medieval en la conquista y otros ensayos americanos, Fondo de Cultura Económica, México, 1981, p. 78
[10] Le Clézio, El sueño americano o el pensamiento interrumpido, p. 62
[11] Rafael Rodríguez-Moñino Soriano, Razón de estado y dogmatismo religioso en la España del XVII, Labor, Barcelona, 1976, p. 31
[12] Citado en Carlos Ossa, “El jardín de las máscaras”, en Nelly Richard (ed), Políticas y estéticas de la memoria, Cuarto Propio, Santiago de Chile, 2000, pp. 73-74
[13] Juan Nuix, Reflexiones imparciales de los españoles en las Indias, contra los pretendidos filósofos y políticos. Para ilustrar las historias de MM. Raynal y Robertson, Madrid, Joaquín Ibarra, 1782, citado en Álvaro Molina, “La misión de la historia en el dieciocho español. Arte y cultura visual en la imagen de América”, Revista de Indias, v. lxv, no. 235, 2005, pp. 651-682.
[14] Juan Pablo Forner, Discurso sobre el modo de escribir y mejorar la Historia de España, Barcelona, Labor, 1973, p. 158; citado en Molina, “La misión de la historia en el dieciocho español. Arte y cultura visual en la imagen de América”, pp. 651-682.
[15] Manuel Pablo de Salcedo, “Informe del fiscal del Consejo de Indias Don Manuel Pablo de Salcedo sobre el método que ha de seguirse para escribir la historia de las Indias”, Boletín de la Biblioteca Menéndez y Pelayo, número extraordinario en homenaje a Miguel Artigas, 1932 (1762), vol. ii, pp. 297-324. Citado en Molina, “La misión de la historia en el dieciocho español. Arte y cultura visual en la imagen de América”, pp. 651-682.
[16] Ileana Rodríguez y Josebe Martínez (coord), Postcolonialidades históricas: (in)visibilidades hispanoamericanas/colonialismos ibéricos, Anthropos, Barcelona, 2008, p. 12
[17] Ibid., p. 23
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Las estatuas también mueren

Documental dirigido por Chris Marker y Alain Resnais en 1953, dedicado a cuestionar las diferencias entre el arte africano y el arte occidental, pero sobre todo la relación de Occidente con ese arte. Un ensayo sobre la escultura africana que permite a Marker y Resnais denunciar el colonialismo europeo, el racismo y el declive de un arte que, por culpa de la demanda de los coleccionistas europeos, se convirtió en una artesanía sometida a exigencias comerciales (FilmAffinity).

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